En las relaciones de pareja ¿qué tipo de vínculo puede sobrevivir al paso del tiempo sin convertirse en costumbre vacía? ¿Qué sostiene realmente una unión: pasión, deber, costumbre, admiración, ternura, tolerancia? ¿Qué mata una unión: la idealización, el ego, la vida social, la inmadurez?
Masha, una muchacha muy joven que vive en el campo con su hermana, conoce a Serguéi Mijáilich, un amigo maduro de la familia, y acaba enamorándose de él. Se casan y al principio viven una felicidad intensa, pero pronto ella descubre que la vida matrimonial no se parece al ideal romántico que imaginaba.
La novela sigue ese desgaste: Masha se siente atraída por la vida social de San Petersburgo, por la admiración que despierta, y eso empieza a alejarla interiormente de su marido. Serguéi, por su parte, se vuelve celoso y la relación entra en una crisis de desconfianza y desencanto.
Masha comprenderá que su idea de la felicidad era demasiado soñada y que el matrimonio exige también otra clase de amor: menos exaltado, más sobrio y más consciente del tiempo. Una novela de aprendizaje, donde el desengaño es escuela y enseña más que la ilusión.
¿Cómo leer esta novela?
Tolstói es un lector que quiere ser leído en clave moral. Para él, sus lectores deberían preguntarse constantemente:
¿Qué espera Masha del matrimonio?
¿Qué le ofrece la realidad?
¿Cómo reacciona?
Masha, al comienzo de la novela, tiene suficiente con su pareja. Se siente completa.
«Y me veía como la mujer primera, la más perfecta del mundo, dotada de todas las virtudes posibles; y yo procuraba ser esa mujer ante los ojos del hombre primero y mejor del mundo entero».
El amor como experiencia social y estética
Por el contrario, en la ciudad empieza a vivir el amor como experiencia social. Esto es, ya no quiero a mi pareja tanto por quién es sino por cómo me hace resultar delante de los demás: ¿le da prestigio, seguridad, admiración o una cierta identidad social?
También comienza a vivirlo como experiencia estética: no es solo querer a alguien; es querer que el amor tenga estilo, atmósfera y belleza. Cuando esto sucede, la relación no vale solo con la compañía afectiva. Necesita paseos, vestidos, miradas, conversaciones brillantes, visitas, admiración.
Tolstói nos lleva casi de forma mayéutica a descubrir que se necesita aceptar al otro real, no al idealizado, y aprender a vivir juntos con verdad. Sin eso, es imposible construir algo duradero.
Aceptar la imperfección del otro. Aprender que amar incluye ver defectos, límites y cambios, y no exigir una perfección imposible.
Tolstói defiende que la unión funciona cuando cada uno deja de mirar solo su propia satisfacción. Valora una felicidad tranquila, menos espectacular, más humilde y estable.
Y lo más importante: las renuncias individuales que exige un proyecto de vida en común no son derrotas, sino maduración.
El ciclo de vida de una pareja
La pareja duradera tiene un ciclo de vida. En la novela, cuando Masha y Serguéi se casan, viven los primeros meses aislados del mundo. No se interesan por ninguna actividad ni personas. Son autosuficientes, se están descubriendo y concentran en ello toda su atención. Suele ser el periodo en que los amigos se enfadan porque te echaste novia y ya no te ven tan asiduamente.
Después, ya consolidado el vínculo, la pareja se abre a nuevas amistades que, bien escogidas, enriquecen la vida de cada uno por separado y en conjunto.
Este proceso, hay personas que por inseguridad, lo confunden como una pérdida. Se ha roto la burbuja en que vivían. Serguéi sufre de esa perspectiva. Su cariño es posesivo, controlador, exclusivo. Y exige esa exclusividad.
«Miedo porque hay que seguir viviendo y las cosas pueden cambiar; porque es imposible que estemos mejor que ahora.»
La realidad se impone. La persona amada no agota la vida de su pareja. Es sano tener amigos, experiencias, nutrir la propia pareja con el contacto con los demás, dentro de un orden. No asumirlo es negar la realidad:
«(…) empecé a sentirme sola, a sentir que la vida se repetía y que no había nada nuevo en ninguno de los dos, al contrario, era como si volviéramos a lo de siempre.»
Aparece el absurdo. Una distancia se abre entre expectativa y realidad. Masha siente que su identidad le está siendo dada por el contexto —esposa— y no por su propia experiencia. Y ahí viene la fricción.
La ciudad, el halago y el autoengaño
Después van a la ciudad. Masha, de nuevo, vuelve a engañarse:
«Todo era tan distinto, tan novedoso, tan divertido, todo era tan cálido y estaba tan nítidamente iluminado por su presencia y su amor que la apacible vida en la aldea me pareció algo muy lejano e insignificante.»
Y buena parte de ese engaño viene del halago. Al llegar a la sociedad de San Petersburgo y celebrar dos comidas en casa, la gente empieza a alabarla como anfitriona y mujer social. Ella, acostumbrada a una sencilla vida campesina, se deja adular. Se deslumbra.
La sociedad es así con lo nuevo. Basta que llegue alguien más reciente para desbancar y hacer olvidar a estas personas influenciables que pasan a sentirse como un muñeco roto.
Esa hipocresía la ve también Tolstói.
Y el autoengaño forma parte de la fiesta. Quienes se casan creyendo que la vida siempre será como en el primer enamoramiento, o son cándidos, o se niegan a ver la realidad: la luna de miel dura unos días. Después hay trabajo, compromisos, familia, enfermedad, cuidado de los mayores, estrés, ansiedad, responsabilidades, facturas, anhelos, aspiraciones individuales, diferencias de carácter, malos días… Hay que llegar a todo y eso introduce dificultad.
Masha es una niña pueblerina que se casa con un hombre doce años mayor cuando apenas sabe nada de la vida. Cuando en la ciudad otros hombres empiezan a cortejarla, ella se deja querer. No ha experimentado esa levedad de relación antes de entregarse a algo serio y duradero. En la vida, no conviene quemar etapas. En un momento de epifanía, Masha dirá:
«¿Acaso era culpable de no saber qué era la vida?»
Y Serguéi le contesta:
«Todos nosotros, especialmente vosotras, las mujeres, tenemos que vivir las tonterías de la vida para luego volver a la vida misma; no podemos creer lo que se nos dice.»
Hay que vivir cada tiempo y cada edad.
La tesis de Tolstói sobre el matrimonio
La tesis filosófica central que defiende La felicidad conyugal de Tolstói es que la verdadera felicidad conyugal no es la pasión romántica inicial, sino una forma madura, serena y sacrificial de amor que surge después de que esa pasión se extingue, basada en el deber, el sacrificio personal, la vida sencilla y el vivir para los demás (especialmente la familia).
Es un planteamiento certero, aunque algo radical si se lee literalmente. Es cierto que la novedad del principio se disuelve en la cotidianidad. Nada es eternamente nuevo. Pero: ¿implica eso necesariamente volverse desapasionado? ¿Acaso no hay gente que de pequeño se apasionó por tocar el piano o por su equipo de fútbol y se muere anciano con la misma pasión?
¿Que mi pareja ya sea conocida exige perder todo afecto intenso y pasional? ¿No habrá también falta de implicación, dejadez, conformismo…?
La pareja se trabaja. Eso no la debe convertir en una fatiga o un quehacer, sino en una elección libre y feliz. Exige sacrificio pero eso no debe tener connotaciones peyorativas. Quien hace ejercicio físico sacrifica tiempo, comodidad, dieta… pero no lo hace como un calvario, sino con gozo, porque elige libremente trabajar en algo que le llena.
En la base hay que coincidir con Tolstói: el amor no es un sentimiento, sino una actitud. No es buscar mi felicidad en el otro, sino la del otro por mi medio.
La lectura en clave 2026: la sociedad líquida
Una verificación de EFE sobre España afirmó que en 2024 hubo 86.595 divorcios y 175.364 matrimonios, es decir, un 47% de divorcios respecto a los nuevos enlaces de ese año.
Zygmunt Bauman apostilló su teoría de la sociedad líquida. Somos una sociedad donde todo tiende a volverse flexible, revisable y consumible. Aquí cabe por tanto hablar del amor líquido: vínculos más frágiles, reversibles y menos inclinados al compromiso duradero que en los años de Tolstói. En ese marco, las relaciones se mantienen mientras aportan bienestar inmediato, pero cuesta más sostenerlas cuando exigen renuncia, paciencia o estabilidad.
El individuo moderno teme perder libertad o quedar atrapado. ¿Qué se puede decir de esa libertad cuyo precio es la soledad? ¿Es una libertad cobarde, celosa de sí misma y que lleva al individuo al solipsismo y la inacción?
Bauman y Tolstói se tocan justo en la fragilidad del vínculo, pero llegan desde lados opuestos.
Bauman explica por qué hoy cuesta sostener el vínculo; Tolstói sugiere qué habría que hacer para sostenerlo. Uno diagnostica la fragilidad moderna; el otro ofrece una ética de la duración basada en madurez, paciencia y renuncia.
¿Tiene encaje la visión de Tolstói en la sociedad actual?
Depende.
Si se prefiere una soledad libre, esta novela no tiene vigencia. Esa libertad también puede volverse una huida: una libertad que evita el vínculo porque teme perder control, comodidad o identidad. Cuando eso pasa, ya no libera del todo; más bien protege al yo de toda dependencia, y el precio es una soledad que puede quedarse estéril.
Si se aspira a vivir el amor —la experiencia humana total— se debe ir a por una libertad más compleja: la que acepta perder algo de sí para ganar una vida compartida real.

La felicidad conyugal

Autor: Lev Tolstói
Año: 1859
Editorial: Ediciones Invisibles
Colección: Pequeños Placeres (Tomo 19)
Traducción: Joaquín Fernández-Valdés
Formato: Tapa blanda · 200 páginas
¿Libertad o matrimonio?
Venga Lev, nos estás haciendo esta pregunta: ¿Libertad o matrimonio? ¿Es esa la elección? ¿Unirse a otro es perder tu libertad?
¿Se puede ser libre dentro del matrimonio?
La novela dice que sí, cuando la libertad no se entiende como hacer siempre lo que apetece, sino como poder donarse sin perder la dignidad propia. María Aleksándrovna aprenderá que la libertad no desaparece dentro del matrimonio; cambia de forma. Pasa de ser solo posibilidad de elegir a ser también capacidad de sostener una elección.
Para Tolstói la unión no se vive como renuncia ciega, sino como una renuncia libremente asumida para construir algo más hondo que el impulso del momento.
Impulso frente a elección. Temperamento frente a carácter. Enamoramiento frente a amor. Una obra pequeña para una reflexión enorme que permite tantas lecturas como lectores.
Ahora que Dostoievski parece estar de moda, es hora de reclamar al más grande de los autores rusos. Tolstói tiene mucho sentido si te atrae un autor que no solo dramatiza el alma, sino que también piensa la convivencia, el matrimonio, la historia y la ética con una fuerza extraordinaria.
Desde luego, una novela magistral, menor en comparación con sus grandes obras, pero a su misma altura o más en profundidad.
Sesgo de Tolstói
Tolstói no escribe desde fuera del tema: su vida, su matrimonio, su condición aristocrática y su evolución moral atraviesan la novela y le dan parte de su sentido.
Tolstói nació en una familia noble, perdió pronto a sus padres y pasó por una formación marcada por la herencia aristocrática. En este sentido coincide con María, la protagonista.
Más tarde se casó con Sofía Andréyevna, tuvo una vida doméstica larga y conflictiva, y esa experiencia hace especialmente significativo que La felicidad conyugal piense el matrimonio como una institución real, no ideal.
Creo que el lector tiene aquí el deber de preguntarse continuamente qué parte de la crisis de Masha es “universal” y cuál parece filtrada por la subjetividad de Tolstói. Por ejemplo, su desconfianza hacia el brillo social, su valoración de la sencillez y su idea de que el amor exige renuncia encajan con el Tolstói maduro, más moralista y ascético.
¿Podríamos decir que Tolstói muestra el matrimonio para que el lector lo piense, o se diría con más atino que intenta condicionarlo moralmente?
Tolstói muestra el matrimonio para que el lector piense, pero no desde una neutralidad pura. Hay una intención clara de orientar la lectura moral, aunque sin convertir la novela en un sermón.
Te plantea el escenario. Lo pone delante del lector y deja que conduzca libremente por esa carretera de peaje. Puede ir más rápido o más despacio; puede detenerse en un área de descanso o hacer el trayecto de un tirón. Tiene libertad de movimiento, pero la salida sí o sí tiene que ir por el control del peaje.
No cabe decir que sea una obra moralizante, pero tampoco una novela abierta. Tolstói te propone un recorrido vital, te lo enseña. Como lectores podemos transitarlo y evaluarlo bajo nuestra propia lente —que también deforma— mientras leemos las ideas que el autor impregna bajo sus personajes. Porque Tolstói también quiere que sientas el peso de sus ideas y no solo las conceptualices.
Eso da mucha fuerza a sus tesis. No es un tratado ético filosófico, sino una secuencia de escenas que te harán vivir desde dentro esa relación entre Masha y Serguéi, de modo que estés más próximo a su realidad antes de juzgarla.
Una novela que permite una lectura dialógica
Puedes leer la novela y hacerte preguntas:
¿En qué estoy de acuerdo y por qué?
¿Dónde me parece que se equivoca y por qué? ¿Qué contraejemplo se me ocurre?
También la puedes leer de tirón sin cuestionarte nada, pero estás descremando la leche.
Literatura como experiencia humana ampliada

Y ahí es donde la novela se hace literatura: en las mil posibilidades interpretativas que ofrece y en la capacidad de que el lector mire la cuestión central no desde sí mismo sino desde la piel de los personajes. Una experiencia de encarnación en otra persona —de ficción— que permite mirar con más anchura.
Lectura de fondo y experiencia humana ampliada. Esto es lo que se podría exigir a cualquier obra que quiera ser literatura.
Guía rápida de lectura de La felicidad conyugal
Tolstói convierte una historia aparentemente sencilla de matrimonio en una reflexión enorme sobre el amor, la convivencia, la madurez y el desgaste de las expectativas románticas.
¿Qué plantea realmente la novela?
La novela se pregunta qué puede sostener una relación humana a largo plazo cuando desaparece la intensidad inicial del enamoramiento. Tolstói contrapone dos formas de entender el amor: como exaltación romántica y como construcción consciente y duradera.
¿Qué simboliza Masha?
Masha representa la idealización juvenil del amor, pero también la búsqueda de identidad propia. Su evolución muestra el choque entre el deseo individual y las exigencias de una vida compartida.
¿Por qué sigue siendo actual?
Porque dialoga directamente con problemas contemporáneos: el miedo al compromiso, la fragilidad de los vínculos, la necesidad de validación social y la tensión entre libertad individual y estabilidad afectiva.
Tolstói y Bauman
La novela puede leerse hoy junto a la idea de “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman. Si Bauman explica por qué los vínculos modernos se vuelven frágiles, Tolstói reflexiona sobre qué exige sostenerlos.
La gran pregunta del libro
¿Amar consiste en mantener intacta la pasión inicial o en aprender a construir una vida común incluso cuando desaparece la novedad?
Datos de edición reseñada: La felicidad conyugal, publicada en 1859. Tomo 19 de la colección Pequeños Placeres de Ediciones Invisibles. Tapa blanda. De Lev Tolstói, con traducción de Joaquín Fernández-Valdés. Longitud de impresión: 200 páginas. Idioma: español. Editorial: Ediciones Invisibles.

