Una fábula sueca, un true crime escrito por Nicolás Díez

Reseña de Una fábula Sueca
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En abril de 2003, una noticia sacudió Granada. Dos mujeres suecas fueron detenidas acusadas de ocultar durante años la muerte de su padre para seguir cobrando su pensión. El hombre había desaparecido en 1991. Vivía con ellas en una urbanización de Almuñécar, en la Costa Tropical granadina. Tenía más de ochenta años y era un ciudadano sueco que había elegido España para pasar sus últimos años.

Durante más de una década, nadie supo con certeza qué había sido de él.

Las sospechas comenzaron cuando las autoridades suecas detectaron irregularidades relacionadas con el cobro de la pensión. La investigación acabó desplazándose hasta Granada. Lo que apareció entonces parecía extraído de una novela negra: versiones contradictorias, silencios, una familia hermética y la sospecha de que el anciano había muerto mucho antes de que nadie diera la voz de alarma.

Nunca llegó a encontrarse el cadáver.

El caso ocupó titulares en España y Suecia. Con el paso de los años, además, adoptó una dimensión aún más inquietante: la imposibilidad de saber exactamente qué ocurrió entre aquellas paredes. Hubo juicio. Hubo absolución por falta de pruebas concluyentes. Y, sin embargo, quedó una sensación difícil de disipar: la de que la verdad completa se había perdido para siempre.

Quizá por eso sigue fascinándonos más de veinte años después. Porque hay sucesos que no terminan cuando se dicta una sentencia. Casos en los que la justicia establece lo que puede demostrarse, pero la imaginación continúa ocupando el espacio de todo aquello que nunca podremos saber.

Y es precisamente ahí donde comienza esta novela.

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Una fábula sueca

Portada de Una fábula sueca

Autor: Nicolás Díez

Año: 2026

Editorial:

Páginas: 479

Idioma: Español

⭐⭐⭐☆☆

Reseña de Álvaro Sánchez Oliveros

Nicolás Díez toma ese esqueleto de hechos reales y lo desplaza ligeramente hacia la ficción. Ya no estamos ante dos mujeres interrogadas por la policía o sentadas ante un tribunal, sino ante algo mucho más anodino: dos supuestas hermanas acuden al consulado sueco para renovar el pasaporte de su padre, un anciano que, según ellas, no puede desplazarse. Un trámite burocrático. Una gestión rutinaria. Nada que haga pensar que detrás de unos formularios y unas explicaciones apresuradas pueda esconderse una historia capaz de perturbar a toda una ciudad.

Sin embargo, desde el primer momento algo no encaja. Ingrid, la cónsul que las atiende, detecta pequeñas contradicciones, silencios extraños, detalles que quizá nadie más advertiría. Lo que comienza siendo una sospecha profesional termina convirtiéndose en una obsesión. Porque una de las ideas más inquietantes de la novela es que el horror rara vez entra en escena derribando la puerta. A veces llega educadamente, pide cita previa y espera su turno al otro lado de una ventanilla.

A partir de ahí, las fronteras entre lo cotidiano y lo perturbador empiezan a difuminarse. Los rumores crecen, aparecen testimonios difíciles de ignorar y la sospecha de que ese anciano ha desaparecido sin dejar rastro adquiere cada vez más fuerza. Cuando el caso pasa a manos de la policía, la investigación destapa negligencias, silencios y zonas de sombra que remiten inevitablemente a aquello que convirtió al caso real en una obsesión colectiva: la imposibilidad de saber con certeza qué ocurrió.

Díez propone una lectura no de thriller, sino de novela negra. Tiene tensión narrativa, pero contenida, no se entrega al cliff hanger y al efectismo por el efectismo. No teme proponer al lector una lectura más sosegada, sin persecuciones fulgurantes. No confundir esto con una novela densa, que tampoco es eso. Es una novela que fluye en un compás actual, pero no es un bestseller diseñado para dar un volantazo cada cuatro páginas. A cambio, te da una narrativa más cuidada, unas imágenes literarias mucho más elaboradas y unas capas de atmósfera, elementos incluso preternaturales, que no te vas a encontrar en el típico thriller. Digamos que esto es un true crime, pero más novelado que pegado como un cronista al informe forense. A mí me ha parecido muy interesante.

Nicolás Díez acierta a contar la historia desde dos miradas distintas: la de Ingrid y la de María. Ingrid es una mujer feliz que puesta ante el horror de las suecas experimenta un cataclismo que la arrasa. No está familiarizada con la cara amarga del mundo y al contacto con ella se duele. María es la inspectora encargada del caso. Tiene una vida opuesta a la de Ingrid. Un matrimonio roto con herida supurando, un hijo pequeño cuya infancia se está perdiendo por falta de conciliación, una madre que apoya, sostiene y reprocha. Hombres que la usan pero no quieren nada más. Cuando ella se aproxima al terror de las suecas, lo hace desde una vida castigada, curtida en la realidad. Tiene el cinismo necesario para sobrevivir en la vida. Porque esta novela trata también de eso: de sobrevivir. 

Porque, igual que sucedió en Granada, esta no es solo una historia sobre un posible crimen. Es una historia sobre los límites de la verdad. Sobre nuestra necesidad de ordenar el mundo en culpables e inocentes, en respuestas y desenlaces. Y sobre lo insoportable que resulta aceptar que algunas preguntas pueden sobrevivir a los jueces, a los titulares y al paso del tiempo.

La misma pregunta que quedó suspendida sobre Granada hace más de veinte años y que Nicolás Díez coloca en el centro de su novela:

¿Qué hicieron con ese hombre?

Y bajo toda la oscuridad que rodea esta historia, subyace el miedo. Díez hace un análisis del miedo como algo que nace de nuestra relación con la realidad —la de un mundo violento y horrible—, pero que se amplifica desde la subjetividad, donde siempre encuentra su máxima expresión. 

Una fábula sueca

Nicolás Díez 

Mayo 2026

AdN

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Alvaro

Con el tiempo y el acúmulo nuevas lecturas, se va olvidando lo que vamos leyendo. Me parece que escribir sobre ello me ayudará a recordar mejor cada pequeña o gran historia que lea. Si de paso las pongo en común contigo y te puedo animar a leer o no un libro, me parece más útil que unas notas guardadas en un cajón como un ermitaño de tinta. De qué va y qué me ha parecido, sin más vuelo ni pretensiones. No son reseñas de entendido, sino de lector a lector.

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