Gospodínov otra vez. Lo leí por primera vez —lo descubrí— el año pasado. El jardinero y la muerte fue objetivamente el mejor libro que leí en 2025 y uno de los mejores que haya leído jamás, dentro de la literatura contemporánea, claro.
Vuelvo a vérmelas y habérmelas con él. Física de la tristeza es una criatura rarísima. Hay un narrador que es capaz de entrar dentro de los recuerdos de cualquier persona que imagines. Y también de animales. Por ejemplo, una babosa que alguien se come con fines terapéuticos.
Dime que te gusta o que te horripila. Dime que te encanta la literatura experimental de alto vuelo o que la detestas. Dime lo que quieras menos que has leído mucha obra igual a esta.
¿Y esto es una pose de estilista o va a alguna parte? Pues sí que va: es una reflexión sobre el tiempo, su fugacidad, su pascua y sobre cómo lo percibimos, servida en un formato disruptivo, desacostumbrado, alternativo al cauce habitual.
La estructura es un patchwork de relatos, con un —o más de un— hilo conductor. El lector es el encargado de coser los retales para lograr la pieza final. No es un texto fácil que lo da todo hecho. Es sencillo párrafo a párrafo, y a la vez complejo en conjunto.
Reseña Física de la tristeza de Gueorgui Gospodínov
Autor: Gueorgui Gospodínov
Año: 2011 (Editorial Impedimenta, 2026)
Traducción: María Vútova
En este libro, Gospodínov nos cuenta la historia de su propia familia, desde la infancia de su abuelo, ligándola con la historia del siglo XX: las grandes guerras, el comunismo soviético, etc., siempre desde el prisma búlgaro, que tiene su idiosincrasia y que aquí se expone.
Nos cuenta la historia del Minotauro, con una gran empatía hacia el monstruo, para Gospodínov, una especie de Criatura de Frankenstein, inocente y encerrado. Pero todo esto no es un simple gesto metaliterario. Y es que Gueorgui Gospodínov, de niño, vivía en uno de esos pisos que el Sóviet te daba en función del etiquetado social que te adjudicaba. En el caso de los Gospodínov, un sótano oscuro y mal ventilado que hacían al Gueorgui niño identificarse con el Minotauro.
No es un tratado de historia. Son cuadros familiares, bodegones pintados con los recuerdos de sus antepasados y propios. Te pone en la piel de quienes vivieron aquella sociedad exageradamente restrictiva, controladora, Estado total. Y lo cuenta con una técnica original, con un narrador en primera persona que es capaz de meterse dentro de la memoria de los demás y libar de sus recuerdos para construir esta historia.
Una infancia jalonada de temas prohibidos: Dios, sin ir más lejos. Un Estado que no tolera otro credo que la alabanza al sistema. Infancia también de penurias, de escasez. Un país pobretón, fiscalizador, amenazante, intimidatorio y repleto de tabúes. Sí escaso era el pan, más escasa aun era la libertad.
Con la narración corren las décadas. No creas que solamente transita los grandes acontecimientos. Aquí están los primeros radiocasetes de Hitachi, el paquete de tabaco azul de Rothmans, los primeros soniquetes de la música electrónica… Lo pop.
“Esas son solo las cosas pequeñas que se perderán, el resto está en los periódicos de entonces.”
Quiere rescatar lo olvidable. Sí, habla de Jimmy Carter, de la Guerra Fría, del omnipresente Estado Soviético… pero su mayor aspiración parece ser construir una cápsula del tiempo donde pone a salvo lo que de no ser por el testimonio escrito, se diluirá en las décadas.
«Si algo es perdurable y monumental, qué sentido tiene meterlo en una cápsula. Hay que conservar solo aquello que es mortal, perecedero, frágil, lo que solloza y enciende cerillas en la oscuridad… Eso es lo que habrá en todas las cajas, en el sótano de este libro.»
Podríamos contraponer esto —dialógicamente— con la idea cínica de ¿y si es perecedero y no monumental no será que precisamente no es digno de ser recordado?
Además de su biografía familiar, la novela es una crónica íntima de la Europa del Este del siglo XX y del socialismo búlgaro, contada “a través de sensaciones personales”. Él mismo, Gospodínov, explica que quiso abarcar una “tristeza mundial”, desde el Minotauro hasta la posguerra y la caída del comunismo, pero pasada siempre por la empatía de un niño que narra la tristeza de su abuelo, de su padre y de su propia infancia en los años setenta.
La traducción de María Vútova me ha parecido magnífica, al menos hasta donde puede decirlo alguien que no tiene ni idea de búlgaro. El texto suena vivo, flexible, natural en sus cambios de tono y muy capaz de sostener tanto la rareza estructural como los momentos de intimidad, humor o emoción. En un libro así, donde la voz y sus modulaciones lo son casi todo, da la impresión de que la traducción no acompaña simplemente al original, sino que le encuentra un cauce muy convincente en castellano.
La gran pregunta —o quizás solo sea mi gran incógnita—
La gran pregunta —o quizás solo sea mi gran incógnita— es saber qué tanto de esta novela es autobiográfico.
Hasta aquí, la lectura; ahora, la duda que me deja el libro.
Una buena forma de responder es decir que Física de la tristeza no es una novela “autobiográfica” en sentido estricto, pero sí es quizá el libro más íntimo y personal de Gospodínov: está tejido con recuerdos de su infancia y de su familia, mezclados con mito, ficción y memoria colectiva de la Bulgaria socialista. Él mismo ha insistido en que no quiere llamarla autobiografía, sino un texto “personal” que usa su vida como materia pero la transforma en un laberinto de historias.
Marco general
La novela se presenta como un “laberinto” de historias de su familia, que saltan de una época a otra y de una identidad a otra para recorrer la memoria individual y colectiva de su país y de Europa del Este. Diversas lecturas críticas la describen como una mezcla de “autobiografía ficticia, ensayo, archivo cultural y experimentación formal”, lo que ya marca esa posición intermedia entre lo vivido y lo inventado.
Elementos claramente autobiográficos
Gospodínov ha contado que el libro nace de un recuerdo personal muy concreto: cuando tenía unos diez años y estaba solo al anochecer en el sótano donde vivía su familia, esperando a que sus padres volvieran del trabajo, sintiéndose tan abandonado como imagina al Minotauro en su laberinto. En entrevistas en España recuerda que vivía en una habitación subterránea cuyas ventanas daban a la acera, y que pasaba el día pegado al cristal, contando los pies de los transeúntes: exactamente la escena que aparece en la novela.
También ha dicho que la “historia principal” del niño olvidado en el molino es la historia real de su abuelo, que fue dejado allí de pequeño mientras su madre dudaba si volver a por él; ese episodio, narrado en la familia casi como una broma, se convierte en el núcleo trágico del libro. Otro estrato autobiográfico es la atmósfera religiosa clandestina: de niño, su abuela le leía la Biblia y el Apocalipsis en voz baja porque en la Bulgaria comunista no se podía ir a la iglesia, y esa mezcla de temor, secreto y fin del mundo pasa al tono del libro.
Aunque el narrador lleva su mismo nombre y comparte muchos recuerdos, la crítica subraya que es “una versión del propio Gospodínov”, una entre varias, nunca del todo distinguible de otras voces del texto. En artículos y entrevistas que he consultado se insiste en que la novela borra las fronteras entre autobiografía y ficción: el narrador cambia de persona, se desliza a los recuerdos ajenos, se funde con figuras míticas como el Minotauro, y así la vivencia individual se deshace en un nosotros. Yo creo que es más sencillamente autobiográfica que todas esas explicaciones abstractas, abstrusas y recovecosas que me quieren contar, pero bueno.
Bueno, Gospodínov dice que todo relato, incluso el autobiográfico, una vez contado ya es ficción, y que las historias de otros se vuelven también suyas: para él, estos libros “no son exactamente autobiográficos, sino personales”. En Física de la tristeza, ese desplazamiento se formula en la frase “Yo somos / We am”: el protagonista es el conjunto de recuerdos y vidas de su familia, un yo que se disuelve en los otros.
Pero ¡coño! ¿Es o no es autobiográfico?
Versión oficial
Si se usa “autobiográfica” en sentido amplio, puede decirse que Física de la tristeza está fuertemente anclada en la vida de Gospodínov: la infancia en un sótano, el sentimiento de abandono, la historia del abuelo en el molino, la religiosidad clandestina de la abuela y el paisaje emocional de la Bulgaria comunista proceden directamente de su experiencia y de la de su familia. Pero él mismo y varios paratextos editoriales prefieren hablar de una “autobiografía ficticia” o de una novela “personal”, porque esos materiales son sometidos a una fuerte transformación poética, mítica y formal.
Versión mía
Es autobiográfica. Muy poética, muy original, muy literaria… y todo lo que ellos quieran, pero aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Física de la tristeza

Autor: Gueorgui Gospodínov
Año: 2011
Editorial: Impedimenta
¿Se lee fácilmente?
Sí. Pese a que los ejercicios literarios tienen mucho de experimentación (aunque aquí no se llega a tanto), la originalidad de este libro tiene fácil tragada. Al incorporar muchas referencias pop, etapas muy conocidas de la historia reciente (siglo XX), no resulta nada difícil meterse hasta las cachas en este libro.
Es un patchwork de anécdotas, relatos familiares, excursos metaliterarios, tragedias, despieces de historias… Un aglomerado así siempre se lee más fácilmente, por su carácter fragmentario, que un tocho con ínfulas de esteta.
Estilo Gospodínov
Y también te lo hace ameno ese estilo Gospodínov con ramalazo de humor negro con retranca. Para muestra, un botón:
“Primer beso con una chica.
Muere Brezhnev.
Segundo beso (con otra chica).
Muere Chernenko.
Tercer beso…
Muere Andrópov.
¿Me los estoy cargando yo?
Primer polvo torpe en el parque.
Chernóbil.”
Lo dicho, autobiográfico y sarcástico. Y pensar que el autor de ese humor socarrón es el mismo que tiene esa sensibilidad en El jardinero y la muerte…
El mensaje. Una obra con subtexto
Es una obra sobre la empatía. La capacidad de ver al otro, sentir con él, mirar a través de sus ojos, sin juzgar, sin amonestar ni premiar. Gospodínov lamenta que esa habilidad se tenga en la niñez y se pierda en la madurez:
“Los pasillos que conducen a los demás y a sus historias, antes abiertos, ahora aparecen tapiados.”
Esto en sí mismo no es una reflexión, sino una descripción. Gospodínov cree que empatizar alarga nuestra vida. Supón que tu edad es un aglomerado de cosas vividas. Quien tiene el don de la empatía, en el mismo periodo, vive más, porque suma a lo suyo lo de aquellos en quien ha habitado.
Otro tema de fuerza es el Estado Totalitario Socialista. Su infancia en esa cárcel sin barrotes, pero con límites siempre presentes. La constatación desde dentro —única opinión autorizada— de un régimen fallido:
«Hubo un tiempo en el que todos repetían: para nosotros es demasiado tarde, pero al menos esperemos que los niños vivan de otra manera. El mantra del socialismo tardío.»
Por momentos, la obra también se mueve en un ecologismo un tanto burdo, con argumentos de trazo grueso. El texto baja en atractivo cuando se sumerge durante varios capítulos en frondosas selvas de anécdotas de credo animalista. Entona una ideologización que no está en otros órdenes de la obra. Quizá obedece a una sensibilidad muy particular del autor.
Una propuesta filosófica

En Física de la tristeza, Gospodínov lo une todo. Todos los tiempos son unos, la vida como boomerang. Todos somos todos, por empatía, por compartir una historia que ambos conocemos. Todos los momentos, todo lugar, todo ser, todo es uno. El Yo somos, el consenso cósmico, el monismo empático.
Una obra llena de nostalgia postsocialista. Creo que es un libro muy interesante, bien manejado, aunque disiento de esa gran familia cósmica, quizás influido por Sartre, quien defendió que nunca accedemos plenamente a la conciencia ajena. Solo la imaginamos desde nuestra propia, parcial y mediada.
Enorme autor y habrá que seguir muy atentos a su producción literaria porque está en su mejor momento.
Más sobre el autor: Quién es Gueorgui Gospodínov.

