En Doña Perfecta, Pepe Rey, un joven ingeniero liberal, llega a Orbajosa para casarse con su prima Rosario. Allí se encuentra con un ambiente cerrado, dominado por su tía Doña Perfecta, que ve con desconfianza sus ideas modernas. La convivencia se va enrareciendo hasta convertir el conflicto familiar en un choque entre libertad de pensamiento, religión, poder social e intolerancia.
La novela refleja la España de la Restauración, atravesada por la tensión entre liberalismo y tradición, y muestra cómo el poder social y religioso de la provincia puede aplastar la libertad individual.
Benito Pérez Galdós (1843-1920) fue uno de esos tipos que viven varias vidas en una sola. Le dio tiempo a mucho, si prefieres decirlo así, en los 77 años que vivió. Novelista, dramaturgo, cronista y hasta diputado español fue. Pero novelista es su prime, como se dice ahora. Es uno de los referentes de la novela realista del siglo xix, por supuesto en España, pero también más allá. Un autor de la mejor tradición del novelista español: novelista del pueblo para el pueblo. En Galdós está la España pedestre, la calle, el pueblo, la taberna… Fue dueño de una prosa afilada, de doble filo, cortante. La ironía era el estandarte de unos retratos sociales y humanos con cierta aspiración de profundidad psicológica.
Es uno de los grandes. Esta novela, que escribió con 33 años, se considera una de sus obras tempranas más importantes y una rampa de acceso a su literatura de lo más conveniente. No muy extensa, con lo mejor de su estilo ya presente, carga la suerte contra la España de su tiempo, no sin sesgos ideológicos, que los tenía, pero tampoco sin acierto.
Reseña de Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós
La dificultad para convivir cuando cada grupo cree poseer la verdad absoluta.
Una novela que está celebrando en 2026 su 150 aniversario y que sigue vigente por su capacidad de exponer de forma racional el choque entre dos maneras opuestas de entender la vida: la inmovilista y la aperturista.
Doña Perfecta es una novela de Benito Pérez Galdós que muestra con gran fuerza el choque entre dos formas de entender la vida: una más abierta, crítica y racional, y otra más rígida, cerrada y dominada por el dogmatismo. Su interés no está solo en la historia que cuenta, sino en la manera en que convierte un conflicto de ideas en una tragedia humana.
La acción se desarrolla en Orbajosa (ciudad ficticia), un espacio que no funciona solo como escenario, sino como reflejo de una mentalidad colectiva. La ciudad aparece marcada por la vigilancia, la presión social y la intolerancia, de modo que el ambiente influye directamente en el desarrollo de los personajes y en el desenlace de la obra. Galdós usa ese espacio para mostrar cómo una comunidad puede volverse hostil cuando convierte sus convicciones en verdad absoluta.
Uno de los mayores aciertos de la novela es la construcción de sus personajes. Doña Perfecta encarna la firmeza inflexible y la imposición moral, mientras que otros personajes representan una visión distinta del mundo, más moderna y menos sometida a las apariencias. La tensión entre ellos no se resuelve de manera pacífica, sino que se agrava hasta producir un conflicto cada vez más profundo, lo que da a la novela una gran intensidad dramática.
La obra destaca también por su capacidad para plantear una crítica social sin recurrir al sermón directo. Galdós muestra cómo la religión, la autoridad familiar y las ideas políticas pueden mezclarse hasta formar un sistema de control. Esa mezcla hace que la novela siga siendo actual, porque no habla solo de un momento histórico concreto, sino de un problema más amplio: la dificultad para convivir cuando cada grupo cree poseer la verdad absoluta.
En conjunto, Doña Perfecta es una novela sólida, bien construida y muy eficaz en su planteamiento de conflictos. Su valor principal está en que no se limita a narrar una historia, sino que obliga al lector a pensar sobre la intolerancia, la presión social y el enfrentamiento entre ideas. Por eso sigue siendo una obra fundamental dentro de la narrativa de Galdós y del realismo español.
Conflicto
Además del conflicto entre lo conservador y lo avanzado, —la almendra del asunto—, hay más confrontaciones.
La novela deja ver contrastes por doquier. Por ejemplo, en las diferencias de clase. El señorito con ínfulas caballerescas choca con el pragmatismo del sirviente cuando encuentran una escaramuza durante un viaje campo a través. El señorito quiere ir a defender el honor de los asaltados y el sirviente lo invita a considerar los riesgos de tan innecesario altruismo y las pocas razones aritméticas para meterse en ese berenjenal.
Si uno de los valores de una novela es el conflicto entre ideas que propone, y su capacidad para enfrentarlas dialógicamente, entonces esta pequeña novela vale mucho, porque tiene conflicto para dar y tomar.
Pueblo y ciudad. Opulencia y austeridad. Sofisticación y llaneza. Progreso y atraso. Fe y ciencia.
Es un choque de meteoritos.

Contexto
En 1876 España está en plena Restauración. Viene de estrenar la Constitución de 1876, de superar una Primera República, un Sexenio Revolucionario y acaba de terminar la Tercera Guerra Carlista. Hay miedo a la reanudación de una guerra civil. Joder, siempre igual en este país.
Se enfrentaban los liberales y los conservadores.
Orbajosa es feudo conservador. De nuevo el conflicto de las dos Españas, posado sobre los hombros de ciudadanos comunes y corrientes.
En este marco, Orbajosa representa el pueblo levantisco, con guerrilleros de medio pelo, se amaga con que hay armas escondidas y reciben la visita del ejército, como ronda de control.
Es importante considerar esta belicosidad, esta fractura política, para entender mejor la naturaleza y la intensidad de las pasiones que bañan la huerta de estas páginas.
Simbolismo
¿Hay simbolismo en una novela tan franca? Sí, y mucho. El símbolo más claro de todos es Rosario, la prometida de Pepe Rey e hija de Doña Perfecta. Mientras Pepe es la modernidad y Perfecta es el arraigo en lo viejo, Rosario es el campo de batalla, lo que se disputan ambas visiones del mundo: Rosario es España. Simboliza esa tierra querida por ambos frentes, ambicionada por ambos intereses. Dividida, partida, herida.
Denuncia
Galdós hace una denuncia de su tiempo que nada tiene que envidiar a las que en otras literaturas alcanzan el ditirambo.
Mucho más allá de la antítesis de conservadores y progresistas, la novela nos deja ver pecados capitales de aquella sociedad, que se replican en todo tiempo y lugar y dan carta de universalidad a esta obra.
Especialmente uno: la envidia. Como dijo Ortega y Gasset, la aristofobia, el odio a la excelencia, al que descuella. La sociedad te perdona todo, menos que brilles. Pepe Rey, hombre instruido, refinado, con mundo, llega a Orbajosa y de inmediato cae mal. Nada saben de él, poco ha podido decir, ni siquiera presentarse. Pero ya le odian. Sus conocimientos, su extracción, su riqueza, nada tienen de malo ni de ofensa, pero a ojos del acomplejado, son un insulto, porque el retraído vive comparándose. Viéndose apocado ante el otro, se siente inseguro y proyecta esa frustración odiando a quien por el mero hecho de ser se la causa.
Posicionamiento
Aquí están las dos Españas. Otra vez las dos Españas. Siempre las dos Españas. Pero ¿y Galdós? ¿Las pone delante del lector sin más? ¿Se escora hacia una de ellas? ¿Cómo es ese inclinarse: meditado o maniqueo?
Es cuestión resuelta. Galdós, manifestó en su juventud posiciones políticas liberales, que evolucionaron a un republicanismo moderado, dando paso finalmente al socialismo de Pablo Iglesias. Como liberal, se afilió al Partido Progresista de Sagasta. En 1886 logró ser diputado por Guayama (Puerto Rico) en las Cortes.
Ya en el siglo xx formó parte del Partido Republicano. En las legislaturas de 1907 y 1910 fue diputado a Cortes por Madrid dentro de la Conjunción Republicano Socialista. Y también en 1914 fue elegido diputado por Las Palmas.
Pero ¿cómo se ve esto en esta obra de Doña Perfecta? ¿Es un texto objetivo o doctrinal? En la novela hay una clara identificación. Del lado de Pepe Rey, modernidad, urbanidad y liberalismo. Del de Doña Perfecta, feudalismo, cerrazón, arcaicismo, abuso de poder, caciquismo y ataque a las libertades.
La religión aparece como opiáceo que potencia sus peores comportamientos. ¿Es Galdós creyente, ateo o contrario a la fe?
En la nota preliminar a mi edición, se lee una cita a Antonio Maura, quien dijo:
«Y basta la más somera lectura de las obras que antes se citan, salidas de su mano en la última época, para ver apuntar en ellas un grado más alto de su conciencia religiosa, una mayor espiritualidad en los símbolos de que se vale, un contenido dogmático, aun dentro de su parte ética, y, de vez en cuando, ráfagas de cristianismo positivo.»
Cuesta penetrar en esta afirmación de Maura, tan decimonónica, pero se puede hacer tras leer Doña Perfecta:
«Pero los corazones que han nacido sin la seráfica limpieza que establece en la tierra un Limbo prematuro, cuiden bien de no inflamarse mucho con lo que ven en los retablos, en los coros, en los locutorios y en las sacristías, si antes no han elevado en su propia conciencia un altar, un púlpito y un confesonario.»
No parece Galdós contrario a la fe, sino más bien, apóstol de una fe puesta por obras antes que por reglas. Casi corre paralelo al Evangelio cuando se dice que la semilla dará o no fruto según sea la calidad del suelo en que se siembra.
Y a esto pone broche el final de la novela, que puedo reproducir sin temor de hacer anticipo alguno ni matar el interés:
«Esto se acabó. Es cuanto por ahora podemos decir de las personas que parecen buenas y no lo son».
Soberbio final.
Cómo escribía Galdós

El estilo combina descripción minuciosa, diálogo vivo y un ritmo narrativo ágil, con un uso muy expresivo del adjetivo y de la selección léxica.
Predominan las oraciones largas y compuestas, muy galdosianas, con abundancia de subordinadas que permiten acumular información sin perder claridad. Esa sintaxis amplia da sensación de movimiento continuo y de mirada panorámica, como si la frase quisiera abarcar a la vez paisaje, acción y valoración. En los diálogos, en cambio, las oraciones se acortan mucho: preguntas, réplicas breves, incisos, cortes bruscos. Eso crea contraste entre la voz narradora, más analítica, y la voz de los personajes, más inmediata.
De ese dinamismo se consigue ritmo. La prosa es más exigente pero llega el diálogo y acelera, dinamiza y aporta. Son diálogos bien trabajados, no ofrecen información disfrazada.
Desde el principio usa una cadencia de acumulación: primero presenta el paisaje, luego el tren, luego los ruidos, luego los personajes, y así va construyendo una sensación de entrada progresiva en Orbajosa. Ese ritmo es eficaz porque no solo cuenta, sino que prepara atmosféricamente el conflicto.
Es muy preciso. No avergüenza reconocer que más de una y de diez veces me mandó de paseo al diccionario, lo cual asocio yo —cuando me complace la consulta— con la buena prosa. También está presente una clara intención estética:
«Al mirar recobraba la claridad siniestra»
Uno de los rasgos más visibles es la precisión realista: nombres, objetos, gestos, trayectos, detalles materiales. Todo está concretado con intención de verosimilitud. A eso se une un estilo con fuerte capacidad de ironía suave, sobre todo en la presentación de ciertos personajes o actitudes, sin necesidad de sarcasmo abierto, que me parece más ordinario y si se quiere, más fácil. Lo que pasa es que la ironía de Galdós, muchas veces precisa de erudición, —o de buenas herramientas de consulta—, en el lector:
“—Dígame usted, señor Solón…
—Licurgo, para servir a usted…
—Eso es, señor Licurgo. Bien decía yo que era usted un sabio legislador de la antigüedad. Perdone la equivocación. Pero vamos al caso. Dígame usted, ¿cómo está mi señora tía?”
También destaca la habilidad para pasar de la descripción externa a la insinuación ideológica: el paisaje y los modales ya dicen mucho del mundo moral de la novela.
En Galdós hay poca ambigüedad. Precisa mucho, a veces demasiado, como quien quiere condicionar al lector más que mostrarle una escena de la que él pueda concluir lo que prefiera.
La adjetivación no es su mejor matiz. En el primer capítulo habla de la “parsimoniosa cachaza”, lo cual es un pleonasmo, que no necesariamente es negativo, pues puede usarse para enfatizar, pero desde luego no es mi recurso favorito, lo cual a ti que me lees debe darte igual.
Las metáforas que emplea —su uso del lenguaje figurado, en general— sí me parece de muy alto nivel:
«Volvióse nuestro viajero y vio un hombre, mejor dicho un centauro, pues no podía concebirse más perfecta armonía entre caballo y jinete»
Algo que me gusta mucho es la precisión, la manera tan elegante de hacer las descripciones, de recoger la prosopografía…
«Pero lo principal en Rosario era que tenía tal expresión de dulzura y modestia, que al verla no se echaban de menos las perfecciones de que carecía.»
En Galdós se aprecia una ironía y una confianza en la capacidad del lector de leer entre líneas que resultan admirables. Por ejemplo, cuando quiere atizar al Penintenciario de la Catedral y decirnos que el boato de sus ropones y modales eran soberbios y a la vez —de puro soberbios— ridículos, en lugar de decirlo tal cual, toma este rodeo:
«Entre las dos puertas vidrieras que comunicaban con la huerta, había un aparato de latón, que no es preciso describir desde que se diga que servía de sustentáculo a un loro, el cual se mantenía allí con la seriedad y circunspección propias de estos animalejos, observándolo todo. La fisonomía irónica y dura de los loros, su casaca verde, su gorrete encarnado, sus botas amarillas y por último las roncas palabras burlescas que suelen pronunciar, les dan un aspecto extraño y repulsivo entre serio y ridículo. Tienen no sé qué rígido empaque de diplomáticos. A veces parecen bufones, y siempre se asemejan a ciertos finchados sujetos que por querer parecer muy superiores, tiran a la caricatura.
Era el Penitenciario muy amigo del loro.»
Ahí lo tienes. Te acaba de decir muchísimas cosas del penitenciario sin hablar casi nada del penitenciario.
La distancia que nos separa del autor, 150 años, se hace notar en giros y usos del lenguaje que ya quedaron atrás, sustantivación adjetival, etc:
«Cuando la visita entró, las tres se quedaron muy cortadas; pero bien pronto mostraron la índole de su genial frívolo y alegre»
Subtexto
Doña Perfecta es la cuarta novela de Galdós. Dice la introducción que acompaña a mi volumen (de aquellas magníficas obras completas de Aguilar) que es la más leída, comentada, editada… de su narrativa. Una novela que él mismo reconoció concebir y escribir de un tirón. En dos meses.
Se publicó en números consecutivos de marzo a mayo de la publicación Revista de España. Se vendía con enorme facilidad y poco después de su aparición —en 1876— ya estaba traducida al inglés y al francés; al alemán, sueco, italiano, holandés, danés…

Es una novela que propone un conflicto clarísimo entre dos formas de entender la vida, que chocan de frente. Siempre hubo y habrá ideas opuestas por eso esta novela tiene algo que decir 150 años después de su aparición.
De hecho —y a mayor fe de que esta obra sigue vigente— se ataca a la corrección política, quedando de nuevo en conflicto la aldeana tradición de guardar las apariencias y la vida ya más resuelta de la capital:
«No conocía la dulce tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los vulgares ojos pudiera ser desagradable.»
Esta “tolerancia” no es verdadera apertura mental, sino hipocresía social: la sociedad ha creado eufemismos, formas indirectas de hablar (“velos de lenguaje”) y convenciones sociales (“velos de hechos”) para ocultar o embellecer todo aquello que resulta incómodo, inmoral, feo o conflictivo a simple vista. Y Pepe Rey, en cambio, es un hombre franco y sincero hasta la brusquedad. No domina el arte del disimulo. Dice las cosas como las ve, sin adornos ni dobleces, aunque eso moleste o sea “desagradable” para los ojos “vulgares” (es decir, para la gente corriente y conservadora).

Galdós está criticando la hipocresía de la sociedad decimonónica, que presume de tolerante y civilizada, pero en realidad se protege detrás de apariencias y eufemismos para no enfrentarse a la realidad cruda. Pepe Rey representa el espíritu moderno y racional que choca frontalmente con esa sociedad.
Lo que Galdós nos está diciendo de su sociedad, es que es una sociedad que ve con malos ojos la franqueza, no es una sociedad de fiar, sino hipócrita. 150 años han pasado y se sigue cancelando a la gente que habla sin doblez, al que dice lo que piensa si lo que piensa no confirma la opinión dominante.
La doble moral. Y es que en el pueblo de Orbajosa, la gente es de una formalidad obsequiosa, tan ribeteada como falaz, porque lo mismo tratan al pobre Pepe de usía, que le afanan unas cuantas fanegas de sus tierras aprovechando su ausencia.
Se aprecia ya un rencor acomplejado de la España pueblerina:
«No todos los jóvenes de estos tiempos tienen la abnegación de pasar su juventud, como Jacinto, en un pueblo donde no hay Teatro Real, ni Bufos, ni bailarinas, ni filósofos, ni Ateneos, ni papeluchos, ni Congresos, ni otras diversiones y pasatiempos.»
Pero si alguna razón de este libro mueve a la reflexión es la clausura social de la que habló el sociólogo Max Webber.
Pepe Rey es un joven brillante, alguien acostumbrado a brillar en sociedad. Sin embargo, cuando llega a Orbajosa se encuentra con hostilidad, juicios de valor y rechazo.
Sucede mucho que, en la humanidad, se tiende a la conformación de grupos. Tribus, clanes, pandillas… en su origen abiertos, una vez recorren cierto camino se pliegan sobre sí, quedando clausurados al resto. Poniendo resistencia al nuevo miembro.
Los pueblos pequeños, a menudo constituyen grupos cohesionados, seguros, donde cada uno tiene su rol y sabe qué se espera de él y qué puede esperar del grupo. En ese esquema, el pequeño, el poco agraciado, el sin talento… se encuentra seguro. En tal contexto: ¿qué se hace con el nuevo? ¿Va a cambiar algo de nuestro micro mundo? Aparece la inseguridad, que es una emoción (mala espina), y más tarde un sentimiento de rechazo (tras calcular si me puede quitar tierras, empleo, novia/o, influencia, posición, etc.). Y se le expulsa como a un virus.
En la novela, Orbajosa recibe mal a Pepe. Pero también a las tropas que ocasionalmente pasan por el pueblo. También a cualquier inferencia del poder central —Madrid— sobre su quehacer diario.
¿Es esta resistencia una respuesta instintiva al miedo a lo desconocido, o es simplemente una forma de proteger el poder acumulado dentro del grupo?
Orbajosa es cualquier pueblo de España. Es España misma. Por si acaso, Galdós nos lo confirma:
«Como dato de no escaso interés apuntaremos que lo que aquí se va contando ocurrió en un año que no está muy cerca del presente, ni tan poco muy lejos, así como también se puede decir que Orbajosa (entre los romanos Urbs augusta , si bien algunos eruditos modernos, examinando el ajosa , opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo), no está muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por doquiera que los españoles revuelvan sus ojos y sientan el picar de sus ajos.»
Una novela extraordinaria que recomiendo leer vivamente. Una novela de tesis sobre muchas reflexiones, pero que nos invita a pensar en la resistencia que ponemos como individuos y como grupos a las ideas nuevas, a aquellas que no concuerdan con las que por inercia hemos seguido siempre. Sean sensatas o no. Lo nuevo como amenaza. El otro, el diferente, como peligro, como enemigo.
La cancelación y el anatema. La aristofobia. España.


