La suerte de un loco… es dar con otro que está más loco. Ante un enajenado, el consuelo del cuerdo es a menudo pensar en esta frase. Freida McFadden (nombre real Sarah Cohen) es una destacada autora estadounidense de thrillers psicológicos y médica especializada en lesiones cerebrales. Con más de nueve millones de ejemplares vendidos y éxito en listas del New York Times, es conocida por novelas adictivas como la saga La asistenta.
La asistenta de Freida McFadden es una novela de sofá. Puro entretenimiento. Una obra de consumo narrativo que organiza sus materiales con eficacia funcional, priorizando la intriga, la legibilidad y el impacto sobre la complejidad formal.
Como decíamos, McFadden es médica especializada en lesiones cerebrales. Se nota en su apuesta por personajes trastornados o por el despliegue de conocimientos técnicos alrededor de algunos medicamentos.
Estilo vago.
En cuanto quiere proponer algo más que la simple acción, por ejemplo una descripción, emplea verbos tan perezosos como haber. Hay esto y hay lo otro. Hay por aquí, hay por allá… ¿Debo achacar esto a la autora o a la traducción? Predomina una prosa de transparencia instrumental, subordinada a la progresión de la acción y en general muy poco interesada en densidades descriptivas o reflexivas. Nos ofrece una experiencia de lectura eficaz dentro de lo que se espera del thriller comercial, aunque su resolución y su desarrollo de personajes sean previsibles o irregulares.
Es una prosa muy aséptica, casi impersonal.
Probablemente el éxito de esta novela sea la fusión de géneros. Ha creado un thriller psicológico pero con no pocas emanaciones del género romántico, tal vez buscando atraer a esa lectora de género a un territorio en el que no acostumbra a incursionar.
Es una novela de temple ligero, fácil. Pero no es una novela frívola. Cuando la lees, si quieres, puedes reflexionar acerca de un tema tan serio como el maltrato. ¿Mérito inductor de la autora o meditativo del lector? Tanto me da. El caso es que McFadden pone sobre el tapete escenas que me llevan a cavilar sobre los infiernos domésticos, tan discretos y anónimos que pasan desapercibidos, pero cuya capacidad de concebir el mal no parece encontrar límites.
Hay otra implicación moral que analizar en esta novela: ¿qué es lícito para escapar de un maltratador? ¿Hasta dónde podemos llegar? ¿Hay límites morales?
«Ahora solo veo las cosas como medios para un fin»
Es una novela consagrada a una creciente tensión, que por momentos es lenta para ser un thriller. Sus bazas están en giros del guion y sorpresas para el lector, unas mejor planteadas que otras.
El final es un poco Deus ex machina en algunos puntos. E incluso precipitado, se notan las ganas de poner las mimbres de la siguiente novela.
Sin embargo tiene cosas dignas de aprecio. Por ejemplo, el arco dramático de la protagonista: de una chica acobardada y siempre en plano de inferioridad, se crea una Tisífone. Una Némesis que aplica su particular justicia.
Y desde ahí se construye la saga.
Un thriller de consumo moralmente eficaz
Desde una perspectiva crítica, La asistenta no puede calificarse de “no literaria” por el mero hecho de ser un producto de entretenimiento; su valor radica en cómo organiza sus materiales narrativos para generar una experiencia de lectura clara, tensa y funcional. La obra prioriza la progresión de la acción, la economía de la trama y la inmediatez de la intriga sobre la complejidad estilística o la introspección psicológica de largo aliento, lo que corresponde a una lógica propia del thriller comercial contemporáneo.
La prosa de McFadden, más técnica que descriptiva, sirve al mecanismo de la trama: evita redundancias, no se detiene en digresiones y reduce al mínimo las zonas de “lentitud” que podrían interrumpir el ritmo. Esa aspereza verbal y esa suerte de impersonalidad no son un defecto absoluto, sino una elección coherente con el género de consumo rápido, donde la fluidez es más importante que la densidad estilística. El problema aparece cuando el texto se acerca a momentos de reflexión moral o descripción escénica y no profundiza: entonces se nota esa pereza léxica y esa ausencia de un universo prosaico más denso, como si el lenguaje se limitara a señalar en lugar de configurar.
En términos de estructura y valores, la novela funciona bien como sistema: la protagonista parte de una posición de sumisión y se transforma en justiciera, y ese arco le permite al lector reconocer una dinámica de venganza moral que, aunque poco ambigua, resulta afectivamente intensa. El maltrato doméstico no se presenta como un tema secundario, sino como el eje motivador del conflicto, y la narración lo despliega con escenas que, aun siendo convencionales, cumplen una función de denuncia contenida. Que el lector pueda reflexionar sobre estos temas no es un mérito meramente “del lector”, sino un efecto de la selección de materiales por parte de la autora: la casa cerrada, la intimidad violenta, la doble vida del agresor.
El final, aunque con cierto sabor a deus ex machina y con destellos de saga anunciada, se entiende como coherente con la lógica de la serie: no busca cerrar el problema del maltrato, sino cerrar el thriller y dejar abiertas algunas posibilidades narrativas. En conjunto, la obra no aspira a ser una novela de autor en el sentido estricto de la literatura de vanguardia, sino una novela de mercado que funciona con eficacia dentro de su nicho: el lector que busca trama, tensión y una resolución moral clara la encontrará, aunque con matices formales y de construcción que pueden decepcionar a quien espere una prosa más densa o un tratamiento más complejo de la violencia.
No es una novela literaria. Es entretenimiento puro y duro. Es una película de sobremesa de cadena de televisión generalista, que en lugar de verse, se lee. Pero si buscas un libro para pasar el rato y hundirte en una trama de la que querrás saber el desenlace, es una buena opción, aunque en ese nicho las hay mejores.


