Una lectura con uno de esos finales que hacen eco en el lector… Explica toda la novela, queda abierto para que cada cual pueda concluirla a su parecer. Me encantaría anotarlo aquí, pero soy de natural contrario al espóiler.
Si la miramos superficialmente, es un drama pastoril. Una historia de amoríos en la campiña francesa a principios del siglo XX. Pero una lectura más profunda encontrará una novela muy profunda sobre las pasiones de la juventud y la necesidad de que la sociedad ajuste al individuo de manera natural y no antinatural. Una reflexión sobre el paso de los años, el contraste entre la mocedad y la vejez; entre el amor y la atracción; entre el yo y el superyó.
Ambientada en el corazón de la Francia rural de entreguerras, Fuego en la sangre es una magistral y asfixiante exploración de las pasiones reprimidas que laten bajo la superficie de una comunidad aparentemente tranquila en la Borgoña.
«Para escapar de su madrastra, se habría casado con quien fuera.»
A través de la mirada de Silvio, un hombre que regresa a su pueblo natal tras años de ausencia para recluirse en la soledad, la narrativa desvela un entramado de secretos familiares, matrimonios de conveniencia y deseos prohibidos que estallan tras una muerte inesperada.
De Silvio no diremos que es un triunfador:
«a veces tengo la sensación de que la vida me ha escupido como un mar encrespado y he ido a parar a una orilla triste, como una barca vieja aunque todavía resistente, pero con los colores desteñidos por el agua y corroídos por la sal»
Las relaciones amorosas ocupan el centro de esta novela. ¿Qué debe imperar en el amor de pareja? ¿Sensatez o arrebato? ¿Pasión o razón?
«En nuestros campos, las uniones se fraguan durante grandes, solemnes comidas a las que se invita a todas las chicas casaderas. Los hombres se presentan teniendo en mente las cifras de las dotes y las posibles herencias, como se va a una subasta sabiendo el precio de salida de cada artículo.»

Fuego en la sangre

Contrastes y memoria
Es una novela escrita desde el contraste. La imagen que se quiere mostrar es la confrontación entre juventud y madurez. Y eso lo impregna todo, en lo evidente y también en lo simbólico. Por ejemplo, Némirovsky sitúa un baile en el que participan los jóvenes, en medio de un jardín deshojado por un temporal de otoño. La distancia entre esas dos etapas de la vida configura seres muy distintos entre sí, e incluso entre sus yoes joven y maduro.
«Ella tiene veinte años y él más de sesenta. Una unión como ésa sólo puede explicarla la desesperación.»
El propio relato es un cotejo entre los recuerdos de un viejo cínico, —el narrador no fiable—, Silvio, y los tiempos en que la sangre fluía llena de vitalidad, aspiraciones y hormonas. Lo que llamamos historia es siempre memoria. Y la memoria selecciona, omite, maquilla, eleva, exagera… hace muchas cosas pero siempre distorsiona.
Y en esa diferencia entre lo que realmente pasó y lo que nos contamos, en ese limbo de recuerdos desdibujados y necesidad de un relato que nos cuente como queremos, de una manera cómoda en la que nos queremos reconocer, ahí es donde vive esta novela.
El pasado es un lastre sobre la persona. El entorno social, familiar, las expectativas que nos contemplan y que debemos satisfacer… Todas esas cosas que son inmateriales, pero cuyo peso se siente tanto como el del más tangible fardo. Némirovsky traza ese personaje que se cree a salvo de su pasado, pero que topa con la verdad: el pasado nos sigue como una sombra durante el día.
Las pasiones de la juventud
Todas las generaciones creen haber inventado el amor. Piensan sin excepción que las pasiones las ha conocido la humanidad con ellos. Y no. El viejo también fue joven y experimentó lo que hoy experimenta el chico o chica. Pueden cambiar las maneras, las libertades y los registros, pero la humanidad es una:
«Le hice la corte. Como se hacía entonces, claro, con mucha lentitud y mucho pudor, sin las bruscas declaraciones de los jóvenes de hoy. Supongo que a Marc Ohnet le habría hecho reír. Pero en el fondo era lo mismo, el mismo deseo… El mismo torrente bronco y voraz del amor.»
En este sentido, la novela no peca de edadismo. Lo tenía a huevo para hacerlo, pero no, y en este sentido es una lectura muy recomendable a un público joven, pues Némirovsky actúa como un tribuno de las letras para llevar al lector a la conclusión de que siempre hubo sol por la mañana, agua en el río y hormonas corriendo por las venas del joven.

La historia detrás de que estemos leyendo esta novela
Esta obra posee una carga histórica y emocional excepcional, pues se trata de una novela póstuma de Irène Némirovsky, escrita en 1941 mientras se encontraba refugiada en el pueblo de Issy-l’Évêque.
En 2005 encontraron una serie de documentos de la autora que sus hijas no habían querido leer por temor a que se tratara de dolorosas confesiones a su diario, sobre años que fueron muy duros. Sin embargo allí hallaron varias obras inéditas de la autora. La magna “Suite francesa” por cuya popularidad y reconocimiento no necesita presentación. Pero en aquella veta también había otras obras, una de ellas, “Fuego en la sangre”.
El manuscrito que había permanecido oculto durante décadas entre los papeles de la autora tras su trágica deportación y muerte en Auschwitz, era recuperado y publicado finalmente en 2007.
La novela no solo refleja el talento de Némirovsky para el análisis psicológico, sino que actúa como un testamento literario donde la autora volcó sus propias observaciones sobre la cerrazón y las leyes no escritas del mundo rural que la acogió en sus últimos años de libertad.
¿Y qué queda por decir? Pues que está ahí la prosa de Némirovsky. Elegante, precisa, sin una palabra de más, sin explicar innecesariamente lo que se lee, dejándolo ver y confiando en la sagacidad del lector para desgranar lo que se dice entre líneas. Cada vez me gusta más Némirovsky.

