Eynhallow, de Tim McGregor: llenando el hueco que Mary Shelley dejó abierto

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Llegué a esta novela con reservas. Frankenstein o el moderno Prometeo es una de esas obras que uno lleva dentro, y la idea de un spin-off —de cualquier spin-off— despierta de inmediato la sospecha del sacrilegio, la tentación de mancillar el original con una ocurrencia oportunista. Esa fue mi puerta de entrada: el temor a que Tim McGregor estropease un rincón del mito que Mary Shelley dejó apenas esbozado. Salgo de la lectura con la impresión contraria. Eynhallow es una novela sólida, escrita con oficio y con respeto, que no compite con el clásico ni lo imita: se hermana con él y lo expande por un camino que el original dejó deliberadamente en penumbra.


El hueco

En Frankenstein, Victor Frankenstein y su criatura pactan. La criatura exige una compañera: «créame una compañera, así dejaré de molestar a los humanos». Victor acepta a regañadientes, pide dinero a su padre y se recluye con Henry Clerval en las islas Orcadas, al norte de Escocia, para llevar a cabo la creación de una segunda criatura. Shelley no dice en qué isla exactamente, pero la descripción —rocas, tormenta, soledad absoluta— apunta a Eynhallow u otra pequeña del norte, conocida entonces como la más remota e inhabitable. Allí, mientras trabaja, Victor empieza a imaginar las consecuencias: ¿y si se reproducen y crean una raza de monstruos? ¿Y si la mujer rechaza a la criatura? Entra en pánico. Cuando la criatura acude a ver el avance, Victor destroza y desmiembra a la mujer que estaba creando delante de él. La criatura jura venganza —«estaré contigo en tu noche de bodas»— y a partir de ahí mata a Clerval y luego a Elizabeth.

Shelley eligió Orkney porque representaba el fin del mundo civilizado: rocas, tormenta, soledad absoluta. Es el paisaje perfecto para el fracaso moral de Victor. Y es, también, un hueco narrativo: la novela no entra en detalles sobre la estancia de Frankenstein en ese lugar. McGregor se instala en ese hueco con permiso de Shelley —o, mejor dicho, con la licencia que la propia Shelley dejó abierta— y fabula sobre lo que pudo pasar allí.


La isla y Agnes

Nos trasladamos al año 1797, a las remotas islas Orcadas. Agnes Tulloch es una mujer cuya vida está marcada por el duro trabajo diario, un marido maltratador y las supersticiones de una comunidad muy cerrada y aislada por el mar. La tranquilidad —si puede llamarse así— se rompe con la llegada de un misterioso forastero. Este hombre alquila una solitaria construcción en la isla deshabitada de Eynhallow y exige que nadie lo moleste. Mientras los lugareños lo miran con desconfianza, Agnes se siente irremediablemente atraída por lo que está ocurriendo. Pronto descubre que el extraño está llevando a cabo experimentos prohibidos, ocultando secretos inconfesables y guiado por una obsesión que desafía las leyes de la naturaleza.

La novela se construye sobre un tándem: Victor y Agnes. Dos personajes de mundos distintos, de estratos sociales dispares, que sin embargo comparten algo: ambos sufren a causa de sus malas decisiones en el pasado. Encuentran consuelo y comprensión mutua. Y esa relación, que en manos menos hábiles habría sonado a artificio, aquí funciona con una naturalidad que sorprende. McGregor no fuerza el encuentro ni lo subraya: lo deja crecer al ritmo de la isla, despacio, con la desconfianza inicial y la complicidad posterior. Victor encaja en la obra como si siempre hubiera estado allí. No se nota el injerto: se nota la costura, y la costura está bien hecha.

La atmósfera

Si hay algo que McGregor maneja con seguridad es la atmósfera. La novela es profundamente gótica y atmosférica, y explora temas oscuros como el aislamiento, el duelo y la ambición. Trata sobre los «monstruos» que pueden llegar a nacer no solo de los experimentos científicos, sino también de las emociones humanas más profundas. En resumen: una historia oscura, melancólica y evocadora que explora los lados menos conocidos del famoso mito de Frankenstein.

La atmósfera es durísima. Las condiciones de vida son apartadas, extrañas, ajenas al mundo continental. Los aldeanos tienen un carácter hosco y limitado. Las mujeres dan a luz en condiciones de mortandad que, para cualquiera, las convierten en heroínas. Lo dice una de las voces de la novela:

«—Es algo peligroso —le confieso—. Cada madre camina sobre el filo de una navaja cuando trae al mundo una nueva alma.»

En ese ambiente oscuro —casi todo transcurre de noche— habita esta novela. La oscuridad no es un decorado: es una forma de conocimiento, el modo en que los personajes se entienden a sí mismos y a los demás. McGregor no la usa para lucirse, sino para construir un mundo cerrado donde las decisiones pesan y las salidas escasean.

La dureza

Hay que decirlo: es una novela dura. Tiene alguna escena de violencia de género que se hace difícil de tragar. Los personajes se tratan mal. La protagonista vive una vida muy difícil junto a un patán que la quiere mal y la trata peor: sumisa, esclava, falta de libertad. Es un ecosistema muy opresivo. No hay esperanza para Agnes. Llegará a decir:

«Como madre que abandona su matrimonio, tendría pocas opciones: mendigar en las calles o llevarme a mí y a mis hijos al asilo.»

Esa dureza no es una reserva, ni un defecto, ni un aviso para el lector despistado: es una descripción de lo que hay. Viene a cuento con la narración y está bien traída. La opresión no es un adorno: es el material del que está hecha la historia. Quien busque una novela amable, que busque otra cosa. Quien acepte el pacto de lectura, encontrará un retrato coherente y sin concesiones.

Lo que sostiene el conjunto

Destacaría, sin prescindir de ninguno, la atmósfera, Agnes, el uso del hueco de Frankenstein, la comunidad de las Orcadas, la prosa de McGregor y la relación Agnes-Victor. Cada uno de esos elementos cumple su función y ninguno se come a los demás. Agnes no es un personaje pasivo: es el centro moral de la novela, la mirada desde la que el horror se vuelve inteligible. Victor no es un invitado de piedra: es un personaje integrado, con su propia carga de culpa y de ambición, que dialoga con Agnes sin eclipsarla. La comunidad de las Orcadas, con su hosquedad y sus supersticiones, no es un coro decorativo: es el medio en el que las decisiones de los protagonistas adquieren su verdadero peso.

La prosa de McGregor sostiene todo esto sin llamar la atención sobre sí misma. No hay fuegos artificiales, pero tampoco hay desmayo. Es una prosa al servicio de la historia, que sabe cuándo retirarse y cuándo apretar.


La traducción y las erratas

Hay cosas que no están del todo pulidas, como si faltase una capa de revisión. Por ejemplo, hay un párrafo en el que se alterna el usted y el tú en la misma intervención:

«—Dime que lo dices en serio. —Detengo nuestro baile y le inmovilizo los brazos a los costados. No puede haber ambigüedades en este asunto—. No voy a poner a los niños en peligro. Dígame que lo dice de todo corazón.»

Tan pronto se habla de usted como de tú. En el mismo párrafo. Y esto pasa más de una vez. No son obstáculos a la correcta lectura de la novela ni mucho menos a su comprensión, pero están ahí y estorban. Hay también erratas: en la página 17, «como un hato acorralado»; en la 20, «un momento adecuada»; en la 51, «los excremento»; en la 107, «si es a eso lo que quiere saber». Son notas menores, avisos necesarios pero menores, que no empañan el conjunto pero que conviene señalar.

Qué me ha parecido

Eynhallow no compite con Frankenstein: lo prolonga. Competir sería absurdo. Pero McGregor se instala en un hueco que Shelley dejó abierto —la estancia de Viktor en las Orcadas, la creación de la compañera para la criatura, el fracaso moral— y lo habita con una novela propia, sólida y bien construida, que se hermana con el original sin pedirle permiso y sin traicionarlo. Para quien haya disfrutado de Frankenstein, es una lectura recomendable: una expansión interesante del universo de Mary Shelley, escrita con respeto y con oficio, que no pretende sustituir al clásico sino dialogar con él. Tiene que introducir un cambio, claro, para poder construir su novela. Y se le admite. No te desvelo cuál es, para que la descubras tú en esta obra. Yo creo que te gustará porque es una posibilidad que da pie a una novela muy interesante.

Llegué con el miedo al sacrilegio. Salgo con la impresión de que McGregor ha hecho algo difícil: ha escrito una novela que se sostiene sola y que, al mismo tiempo, hace que el original se lea de otra manera. El hueco que Shelley dejó abierto sigue ahí, pero ya no está vacío.

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Alvaro

Con el tiempo y el acúmulo nuevas lecturas, se va olvidando lo que vamos leyendo. Me parece que escribir sobre ello me ayudará a recordar mejor cada pequeña o gran historia que lea. Si de paso las pongo en común contigo y te puedo animar a leer o no un libro, me parece más útil que unas notas guardadas en un cajón como un ermitaño de tinta. De qué va y qué me ha parecido, sin más vuelo ni pretensiones. No son reseñas de entendido, sino de lector a lector.

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