
Vuelvo a leer una pieza corta de Joseph Conrad. Mi problema con este autor es que aún no he leído sus grandes obras: El corazón de las tinieblas, Lord Jim o Nostromo. De momento he leído —contando con esta que hoy reseño—dos piezas suyas. Quedo pendiente de buscar sus trabajos más reconocidos y ver si tienen tanto interés como estas pequeñas composiciones, que sí me han parecido notables. Vamos con la de El cómplice secreto:
Un joven capitán —prácticamente el hombre más joven a bordo—, recién nombrado, inseguro y ansioso por ganarse el respeto de su tripulación, decide asumir la primera guardia nocturna en solitario. Es un gesto que ya delata su intención de cambiar las cosas. En vez de hacer uso de sus privilegios, se come una guardia propia de un machaca de rango inferior.
Durante esa vigilancia en cubierta, descubre a un hombre medio desnudo aferrado a una escalerilla de cuerda. Tras rescatarlo, el desconocido le confiesa que es un fugitivo: huye de otro barco donde ha sido acusado de matar a otro marinero en circunstancias poco claras.
Al observar al fugitivo, el capitán se da cuenta de que es físicamente idéntico a él y de que comparten experiencias muy similares. Sintiéndolo como un auténtico reflejo o doble de sí mismo, decide esconderlo en su camarote para protegerlo. El problema es que mantener ese secreto se convertirá en una hazaña psicológica y logística: el capitán tendrá que ingeniárselas para ocultar al polizón y aparentar total normalidad ante sus compañeros. Todo esto se desarrolla en un ambiente marino tan asfixiante y claustrofóbico que dispara la tensión de este thriller psicológico.
Cómo está escrito
Estilo / voz narrativa: La historia está contada por el propio capitán, el protagonista. Todo lo que lees pasa por el filtro de la mente del capitán, que está nervioso, inseguro y obsesionado con su nuevo cargo, y tú, como lector, estás atrapado en su cabeza y en su ansiedad por ser descubierto.
Hablar de una obra de Conrad exige observar la «decodificación retrasada» (delayed decoding). ¿Y eso qué es? Consiste en describir un objeto o un hecho sensorialmente antes de nombrarlo o explicarlo lógicamente. Por ejemplo, el capitán no dice «vi a un hombre desnudo en el agua». Describe una «mancha pálida», un «resplandor fantasmal» que se mueve en la oscuridad. Tarda varios párrafos en decirte que es un hombre en el agua. Busca que el lector experimente la misma confusión, extrañeza y asombro que el personaje en tiempo real. Te obliga a mirar el mundo con sus ojos.
Conrad usa frases largas, llenas de subordinadas y matices. Abusa de la adjetivación doble:
«una oscuridad impenetrable y sigilosa»
Se quiere hacer contraste entre el personaje y el mar. El mar simboliza lo estable, lo grande y lo permanente. Al mar se le atribuye constantemente la propiedad de la calma:
«muy quieto en mitad de una inmensa quietud»
El mar contrasta con el capitán. Su calma, con las fuertes marejadas internas del protagonista. Su enormidad, con el sentimiento de pequeñez del hombre, de incapacidad al mando del barco por primera vez.
El honor por encima de la ley
Este relato largo —o novela breve— se alinea sobre el vector del debate entre legalidad y legitimidad. Es un alegato a favor de combatir la ley cuando no tiene sustento moral.
Es una obra que nos hace pensar: ¿quién elabora los códigos legales que nos rigen? ¿No podrían esas personas con poder para definir las normas que nos regulan orientarlas en beneficio propio?
El conflicto central no es si Leggatt es inocente o culpable (sabemos que mató a un hombre), sino si la ley es justa. La culpabilidad de Leggatt está probada, pero no es menos cierto que Leggatt mató a un tripulante con quien tuvo una pendencia, poniendo en peligro el barco durante una tormenta. Lo hizo para salvar la nave y a la tripulación.
Y tú, como lector, te preguntarás: ¿se puede aplicar la ley sin atender a esa circunstancia?

Conrad nos está pidiendo una reflexión sobre los sistemas legales que imperan en nuestra sociedad. La ley marítima es ciega y rígida. No le importan las circunstancias, solo el hecho de que un subordinado ha matado a otro, ha desestabilizado el curso de su travesía y ha empañado su hoja de servicio. ¿Es eso justicia? ¿O es solo un código inflexible pensado para proteger siempre a unos? El capitán se da cuenta de que la ley, en este caso, es una máquina que va a triturar a un hombre que en realidad actuó con honor. Pero el honor no es un valor que se ponga por encima del privilegio de los mandamases. La ley no sirve al honor, sino a los poderes que la instauran.
Esa ley tiene rostro en el capitán del Sephora, que sube a bordo en busca de Leggatt. No es un villano, sino un hombre apegado a la norma, convencido de que un crimen es un crimen y de que las circunstancias no cuentan. Frente a él, el protagonista miente con aplomo.
Y aquí nos pone Conrad delante de su protagonista: para imponer su autoridad, el capitán debería ser el máximo defensor de la ley en el barco. Es más, esa ley es garantista para con él. Sin embargo, asila a un criminal, desafía el orden jurídico y pone por encima su orden moral.
Hay un pulso interior enorme en el protagonista: el yo contra el nosotros.
El subtexto
Conrad no escribe para entretener con acción, sino para sumergirte en un laberinto psicológico.
Si te fijas en esa «decodificación retrasada» (cómo te va dosificando la información sensorial) y en cómo la lentitud del barco contrasta con la velocidad de los pensamientos del capitán, verás que la técnica no es un estorbo, sino el motor de la tensión moral que es la potencia de esta obra. Cuando el barco gana velocidad y temeridad, sabes que el desenlace está próximo.
La lectura posible de El cómplice secreto que yo propongo sostiene que Leggatt no es un doble del capitán, sino su complemento. El propio narrador lo llama «mi doble» y así lo percibe, pero lo que Leggatt hace en la historia es completarlo. Se parecen por fuera, pero lo que cuenta es lo que los distingue. Leggatt tiene lo que al joven capitán le falta —determinación, firmeza, iniciativa, arrojo—, y el capitán tiene lo que a Leggatt le falta: un barco, un mando legítimo y una tripulación a la que responder. Cada uno completa al otro.
Por eso la presencia secreta del fugitivo empuja al protagonista a hacer lo que hasta entonces no se atrevía: actuar con decisión, mentir con aplomo, arriesgarse por otro. Nadie le pide que lo proteja. Lo hace porque, al protegerlo, ejerce por primera vez el mando que ignoraba tener.
De ahí que la despedida sea lo que es. Cuando el capitán lo deja partir hacia la isla, no se desprende sin más de un fugitivo: hace suyo lo que Leggatt aportaba. Para que pueda llegar a la costa, acerca el barco a tierra con una temeridad que ningún capitán prudente se permitiría, y en esa maniobra se muestra, ante los suyos y ante sí mismo, como el comandante que quería ser. Leggatt se marcha, pero lo que trajo se queda. Por eso el final nos deja a un hombre transformado, seguro de sí y con verdadero mando en plaza.
Esta lectura encaja con la idea crítica de que el relato culmina en una reintegración de la personalidad y en un mayor dominio de sí. Es una novela de formación en formato de bolsillo.
También es una lectura muy exigente, pese a su brevedad. Si fuera una novela de quinientas páginas, pocos lograrían mantener el interés, por brillantes que fueran su estilo y su fondo filosófico. Creo que tiene la extensión justa y necesaria para ser una obra digna de leerse, pensarse y recordarse.

