Esta es una novela de personajes desplazados: niños huérfanos, marginados, ignorados o tratados como una carga. La autora también lo fue. Por eso en sus novelas la infancia no es un territorio ingenuo ni decorativo, sino un espacio de resistencia. El niño no es una víctima a la que salvar sino un ejemplo de superación y adaptación. Superviviente.

El jardín secreto

Autora: Frances Hodgson Burnett
Traducción: Montse Triviño
Editorial: Ediciones Invisibles
Colección: El jardín invisible (n.º 11)
Edición: 1.ª
Publicación: mayo de 2025
ISBN: 9788412579499
Formato: 14,3 x 21,5
Páginas: 384
Encuadernación: Tapa dura
PVP: 21,00 €
- El jardín secreto
- Frances Hodgson Burnett
- 1910
- Ediciones Invisibles 2025
Quise leer este libro desde que leí Archipiélego de Mariana Enríquez.
«Uno de mis libros favoritos en mis inicios de lectora era El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett»
Es un texto aparentemente juvenil, pero como buen clásico, encierra capas de lecturas en el subsuelo. Burnett vuelca mucho de su propia experiencia en esta novela. No es una autora experimental, pero tampoco simple. Trae una reflexión profunda sobre el impacto de nuestra negatividad en los demás. Es una novela sobre el Efecto Pigmalión, porque trata de un padre enfermizo que, a base de hacer sombría la vida en su hogar, convence a un hijo perfectamente sano de que él es el enfermo.
Los mensajes y calificativos que un padre dirige reiteradamente a sus hijos, configuran quienes son. Los condicionan. Los moldean. La responsabilidad del adulto es sostenerse por los que vienen detrás. Es crear una atmósfera sana en el hogar. Una que permita crecer a los hijos con una autoestima, confianza y seguridad saludables.
Un texto formalmente muy sencillo, pero de mirada al fondo. Una novela que nos recuerda —o nos enseña, según la edad del lector— que la vida es —hasta cierto punto— tal como nos la contamos. Que si cambia nuestra mirada sobre quienes nos rodean y sobre nuestras circunstancias, nuestra vida se transforma a mejor.
Que abrigar un mal pensamiento, la negatividad, nos puede destruir y convertirnos en personas taciturnas, amargadas y que amargan a los convivientes. Y nos enseña también que, si estamos ahí, se puede salir.
Una novela sobre la soledad acompañada. Una casa enorme, una naturaleza desbordante y desbordada. Gente que vive en una casa. Mimbres para la felicidad.
Sin embargo, nadie en esa casa se siente acompañado. No se tratan, no se hablan. Todos están solos y así se sienten. Cuando la felicidad tiene resueltas las condiciones materiales, la incomunicación puede frustrarla.

De qué trata. Reseña de El jardín secreto
Mary Lennox es una niña malcriada. Hija de colonos británicos en la India, ha crecido sin la presencia de su padre —un alto funcionario siempre ocupado— y con la ausencia de una madre veleidosa.
Sus padres mueren inesperadamente. A Mary la envían a Inglaterra para vivir con su tío Craven. Haciendo honor a su nombre, Craven vive acobardado en una vida marcada por el fallecimiento de su joven esposa. Desde entonces ha cerrado a cal y canto habitaciones, jardines, convivencias y a sí mismo…
La casa, el soberbio jardín, los sirvientes, los pasillos, las estancias… todo está pintado de una gótica atmósfera triste y resentida.
Mary tiene que adaptarse. Si en la India vivía como una reina —tirana— en Manor tiene que acomodarse a una joven sirvienta, Martha, tan desenfadada, divertida y noble que hará mutar a Mary en alguien abierto a los demás y a la vida.
Poco a poco la niña descubre nuevas estancias. Nuevos espacios en el jardín. Nuevas personas que trabajan en la casa. La propiedad está llena de secretos encerrados bajo la llave del dolor y la pérdida: el jardín donde murió la joven esposa; habitaciones y pasillos, un curioso pájaro, una familia de ratones…
Pero esa mansión esconde algo más. Mary ha escuchado llorar a un niño más de una vez. Cuando pregunta todo son evasivas, regaños y amenazas.
Pero ella sabe que lo ha escuchado. Y con cada amonestación, con cada prohibición, crece su determinación de descubrir de quién es esa voz, ese llanto y esa desesperación.
El lector recorrerá los pasillos solitarios y llenos de secretos. Descubrirá con Mary la verdad tras esos lamentos. La historia no contada dentro de esa mansión.
Esta es una novela sobre la ilusión. Sobre el poder que tiene tener ilusiones en la vida, proyectos, algo por lo que vivir. Quien no tiene nada que le ilusione carece de estímulo. Cuando eso sucede, no importa si se rebosa salud, si se es joven o rico. Quien no tiene un motivo para vivir está muerto en vida.
Para los franceses es la joie de vivre. Esa ilusión puede venir subida a lomos de una amistad, de una relación, de una afición, de un proyecto, de un propósito, de un aprendizaje, de una novedad o un evento. Y cuando aparece, transforma. Sana, redime, muta, mejora al que la vive.
Sí, una novela sobre la joie de vivre. Para todas las edades. Si buscas una obra inmortal que pueda leerse a cualquier edad, para toda la familia, esta es una buena pieza.
Frances Hodgson Burnett
Frances Hodgson Burnett no escribió desde la comodidad, sino desde la experiencia directa de la pérdida, el desarraigo y la reconstrucción. Su literatura es inseparable de una biografía marcada por la precariedad temprana, la emigración y una observación muy lúcida —nada idealizada— de las jerarquías sociales. Pero lo decisivo no es lo que vivió, sino cómo transformó esa vivencia en una poética propia.
La muerte prematura de su padre y la caída económica de la familia la obligaron a asumir responsabilidades desde muy joven. Ese contacto temprano con la inseguridad material explica su interés constante por los personajes desplazados: niños huérfanos, marginados, ignorados o tratados como una carga. En sus novelas, la infancia no es un territorio ingenuo ni decorativo; es un espacio de resistencia. Los niños de Burnett no esperan ser salvados: aprenden, se adaptan y, en muchos casos, transforman el mundo adulto que los rodea.
La emigración de Inglaterra a Estados Unidos fue otro punto de inflexión. Burnett escribe desde una identidad híbrida, nunca completamente asentada. Esa condición de extranjera —social, cultural y emocional— atraviesa su obra y se traduce en una sensibilidad especial hacia los códigos de pertenencia: quién tiene derecho a estar en un lugar, a ser escuchado, a ocupar un espacio. Sus novelas están llenas de casas cerradas, jardines abandonados, salones inaccesibles y puertas que solo se abren tras un proceso de aprendizaje moral y emocional.
Formalmente, su estilo combina claridad narrativa con una fuerte carga simbólica. . Utiliza tramas accesibles para vehicular ideas complejas sobre educación sentimental, regeneración moral y poder interior. La naturaleza —especialmente en sus obras más conocidas— no funciona como mero decorado bucólico, sino como fuerza activa: un espacio donde los personajes se reordenan, se curan o, al menos, se comprenden mejor.
Burnett escribe en una época en la que la literatura infantil empezaba a definirse como un género autónomo, y su aportación fue decisiva: introdujo una mirada adulta que no condescendía con el lector joven. Confió en su inteligencia emocional. Por eso sus libros han sobrevivido a generaciones y lecturas: porque no enseñan lecciones cerradas, sino procesos.
En conjunto, su obra puede leerse como una defensa de la transformación lenta y silenciosa. No hay gestos grandilocuentes ni épica heroica. Hay, en cambio, atención al detalle, al cambio interior, a la idea —muy moderna— de que el carácter no es un destino fijo, sino algo que se construye. Esa convicción, nacida de una vida vivida sin garantías, es el núcleo más perdurable de su literatura.


