SPQR. Senatus Populusque Romanus («El Senado y el Pueblo Romano»). Una de las abreviaturas más famosas de la historia y representan la esencia del sistema político de la Antigua Roma. El Senado y el Pueblo hablan en Roma. Este lema simbolizaba que la soberanía y el poder no residían en una sola persona (como un rey), sino en la unión de la clase política y la ciudadanía.
Pero era mentira.
Como en todo lugar y momento, el poder lo ostentaban unos pocos. Optimates en Roma, Aristoi en Grecia… gobernantes aquí y allá.
Esta novela cuenta los primeros veintitrés años de Julio César. Un joven y prometedor abogado, descendiente de un linaje de líderes populares, se enfrenta en juicio a Dolabela, el senador más corrupto y despreciable inter pares, que ya es decir. Dolabela fue gobernador de Roma en Macedonia. Se dedicó a, malversar fondos, expoliar riquezas para su peculio y violar muchachas. Un político corrupto, despótico e inmoral.
¿Os suena lo de quedarse con el dinero público y tratar a las mujeres como ganado?
Los macedonios, hartos de Dolabela acuden a la justicia de Roma. Haciéndolo, ponen en jaque todo el sistema: obligaron a Roma a elegir entre su sentido de la justicia o la supremacía de sus optimates sobre los ciudadanos. Los macedonios, además, no gozaban siquiera de la ciudadanía romana y tenían que buscar un ciudadano romano que los representara ante el tribunal. Nadie quiso aceptar su causa por no hacer frente a Dolabela, que además de todos los piropos que ya le hemos colgado, era un facineroso que no tenía reparos en matar a quien se le cruzara en el camino.
Cayo Julio César aceptó la causa.
El juicio a Dolabela fue la puesta de largo de Julio César. Su debut en la vida pública romana y su escaparate como líder popular. Aquí Julio César es visto como un libertador, progresista y voz de los oprimidos.
Un personaje real y literariamente riquísimo
El personaje —absolutamente central en la Historia de Roma—, es poliédrico y merece tantas novelas como Santiago Posteguillo planea dedicarle. Seis o siete, de momento van tres. Líder del pueblo, contrapeso del poder desmedido de los senadores, defensor de un nuevo reparto de las tierras o de la ampliación del concepto de ciudadanía romana a los confines del imperio. César, que se mantuvo siempre fiel al bando popular, acabó aglutinando todo el poder.
El, a la postre, Dictador Perpetuo rompió el equilibrio de la República. Para los Optimates (y para amigos como Bruto), César ya no era un libertador, sino un tirano. Aunque sus leyes ayudaban al pueblo, el pueblo perdió su voz política real, ya que las decisiones se tomaban en el palacio de César y no en las asambleas. El Julio César final, defendía al pueblo sin el pueblo.
Pero todo eso vendrá más tarde. Hay más novelas. Y si son como esta, será una delicia leerlas todas, porque el texto que ha fraguado Posteguillo está a la altura del personaje.
Y porque la Roma corrupta que nos presenta sigue muy viva en nuestra sociedad.

Roma soy yo

Autor: Santiago Posteguillo
Año: 2022
Editorial: Ediciones B
Colección: Histórica · Serie Julio César
Páginas: 752
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
Roma está vigente
Dolabela es la némesis de Julio César en esta novela. Se aprovecha de mujeres sobre las que ejerce poder político. Inventa impuestos que el pueblo sufre para pagar. Destina la recaudación no al cometido para que el que se anunció, sino a engrosar su patrimonio. Ocupa un puesto de responsabilidad, pero su vida es ociosa, hedonista y llena de excesos.
¿Acaso no hacen cosas similares nuestros políticos? Encontraremos paralelos de cada uno de estos delitos tan pronto nos asomemos a la actualidad.
La Historia de la gran Roma es tan cercana a nuestra realidad como lejana lo es en el tiempo. Dominarla exige leer cientos de libros abstrusos, aburridos y fríos. O te puedes leer este y los que le cuelgan.
Santiago Posteguillo acomete el personaje central de la Historia de Roma: Julio César. Una gesta así es imposible de hacer en una novela. Ni en una trilogía. Le va a llevar seis o siete.
¿Merece tanta atención este hombre? Julio César transformó la mayor civilización del mundo antiguo. César era un apellido, —dice el propio Posteguillo, como García o Sánchez— hasta que llegó él.
Tras él, todo mandamás que de preciara de emperador en Roma se llamaba César. En época imperial, César deja de ser solo el apellido de Cayo Julio César y pasa a ser primero parte del nombre oficial de los emperadores y luego un título dinástico y de rango. No todos lo llevaron siempre, pero muchos lo incorporaron para legitimar su autoridad vinculándose simbólicamente con Julio César. “César” se asocia al propio cargo imperial. Deja de significar solo pertenencia a la familia y se convierte en título oficial, usado por emperadores sin vínculo de sangre con Julio César.
Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio o Nerón adoptaron el “título” de César.
Y te diré más: en Alemania, Káiser es un cognado del apellido César. Igual que el zar ruso y búlgaro.
Cognados: palabras de distintas lenguas que derivan de una misma forma antigua; Caesar > Kaiser > zar.
Julio César es un hombre central en la Historia de Occidente. Que Shakespeare lo elevara como personaje no es más que otra garantía de su potencial literario.
Y Posteguillo le dedicará muchísimas páginas a su vida. Por aquí empieza.
Roma soy yo ataca la juventud de Julio César, centrada en el juicio contra el senador Dolabela por corrupción, donde un César muy joven se enfrenta a uno de los hombres más poderosos de Roma.
Propone una mirada íntima y formativa del personaje.
Es un tocho que se lee en nada. Es una novela muy rítmica. Se debe a su estructura muy ágil: alterna el juicio con flashbacks biográficos, de modo que combina intriga judicial con novela de formación sin perder ritmo.
Digámoslo así: si quieres conocer a Julio César sin tragarte un infumable tratado de Historia, esta es la novela. Es muy rigurosa. Se nota que hay trabajo de fondo para dar y regalar, pero se lee con muchísima facilidad y se absorbe mucho de lo que te cuenta porque la literatura te lo hace inolvidable.
Posteguillo es fan de Hitchcock, igual que yo. El gran Alfred decía que una historia tiene que empezar por algo con impacto que capte la atención del espectador y ya no soltarlo. Y eso hace el autor.
En “Roma soy yo” se narra la historia de un joven patricio romano, consciente de las tensiones sociales y políticas en Roma, quien decide asumir un papel público en un juicio en el año 77 a.C. A pesar de su juventud (unos 23 años) y de la aparente imposibilidad de ganar el caso, acepta ser el fiscal acusador contra el poderoso senador Cneo Cornelio Dolabela, acusado de corrupción en Macedonia.
Dolabela, protegido del líder Sila y con el apoyo de los mejores abogados de la época, confiaba en su absolución y hasta se burló al conocer la identidad del acusador. El tribunal, controlado por senadores afines a Dolabela, también estaba predispuesto a favor del acusado.
Nadie más había querido tomar el rol de fiscal, considerándolo una causa perdida, además de una invitación para que los sicarios de los senadores te maten. El joven que aceptó este desafío, descrito como loco o iluso por enfrentarse a tales circunstancias, era Cayo Julio César.
“Todos los que lo han intentado están muertos. Caminas directo al desastre. No debes, no puedes aceptar lo que te proponen. Es suicida.”
Lo más impresionante es que las corruptelas de hace veintitrés siglos son idénticas a las actuales. A este punto está vigente la herencia romana. El tal Dolabela cuya acusación lideró Cayo Julio César lo hizo de esta manera:
- Alcanzó el poder en la provincia macedonia
- Malversó fondos públicos
- Inventó impuestos nuevos a capricho
- Participó en otros delitos más allá de los estrictamente económicos, preferentemente de naturaleza sicalíptica.
A la hora de enjuiciarlo, era casi imposible:
- Los jueces eran comprados. Los podían comprar quienes tenían dinero, esto es, los optimates o senadores.
- El tribunal encargado de la causa estaba formado por senadores. El “bizcocheo” estaba asegurado.
Si no ves el paralelismo con nuestro tiempo tienes una miopía intelectual galopante con causa en una intoxicación ideológica heredada de tus bisabuelos. Es decir, eres español.
Si Roma quería supervivir a su propio éxito, debía reorganizarse y, en ese proceso, esa corrupción sin límites tenía que ser cercenada de raíz.
No hay nada nuevo bajo el sol. Quienes ostentaban el poder hace veintidós siglos, cometían malversación, ejercían un poder despótico y se propasaban con las mujeres. Seguimos viendo ejemplos de todo esto en quienes ostentan poder hoy en día.
Estructuralmente es una novela muy amena. Salta del presente narrativo (que coincide en el tiempo con el juicio a Dolabela) a retales del pasado a los que nos lleva por analepsis. Estos giros a la secuencia temporal natural introducen dinamismo. Así se consigue que un tocho con densidad histórica se lea como un thriller.
Alterna periodos históricos, analepsis, distintos arcos narrativos. Alterna también partes más bélicas con otras más políticas. Tramos cargados de emoción con otros más sosegados dedicados a construir el personaje, narrar hechos de otra índole… El lector nunca se aburre. No puede.
Lo tiene muy bien estudiado Posteguillo.
Objetivo, conflicto interno y backstory. La trinidad de un personaje bien escrito: qué quiere, qué aprende en el proceso o cuál ha sido su evolución y por último, cuáles son las vivencias que nos explican por qué es como lo vemos. Si estas tres bases están logradas diremos que el personaje está logrado. Cuando es un personaje real, como aquí, a priori diremos que es más fácil, pero lo cierto es que plantea sus desafíos.

El Cayo Julio César de Posteguillo está ahí. Se consigue. Ves su objetivo: imponerse en el juicio, defender un ideal de Roma y a mayores, ascender en la escala de poder. Ves un proceso y entiendes que es quien es por la influencia de su madre, una mujer excepcional a la que el autor dota de una personalidad muy activa respecto del rol que la mujer tenía en la época.
Por encontrarle virtudes, hasta se puede decir que tiene elementos de literatura sapiencial:
Puedes fingirte cobarde y no serlo, puedes fingirte torpe y no serlo. Lo único importante es la victoria final. Da igual que te llamen cobarde. No entres en combate hasta que creas que puedes ganar. Luego, pasado el tiempo, sólo se recuerda eso: al ganador.
En paralelo a esos textos de lucidez, hay relatos sobrecogedores. La lapidación de Saturnino, el tribuno de la plebe con las tejas del tejado de la Curia Romana. Inolvidable el episodio en que una asustada Roma —los bárbaros ya andaban muy cerca de sus murallas— enterraba vivos a esclavos que no habían cometido falta alguna a modo de ofrenda votiva a los dioses. Somos lectores del siglo XXI sumergidos no solo intelectualmente en la Roma incluso anterior a nuestra era, sino también emocionalmente. Esa es la diferencia entre un tratado de historia y una —buena— novela histórica. Con el documento científico conoces los hechos que acontecieron. Con la novela, los presencias como si tú mismo los hubieras vivido. Si ese efecto inmersivo no se logra, el autor habrá fracasado.
Posteguillo lo consigue. Te da la crónica, pero sobre todo la experiencia.
«Leo mi muerte en el odio con el que me mira»
Me estoy acordando mucho estos días del cónsul y gobernador de Macedonia, Dolabela. En España, un tren ha descarrilado y chocado con otro. Las pesquisas apuntan a que las vías no tenían el mantenimiento adecuado. Igual que aquella vía que atravesaba Macedonia y por cuyo mantenimiento —inexistente—, Dolabela cobraba impuestos abusivos a los macedonios. Veintidós siglos más tarde, seguimos igual, pagando impuestos que no asfaltan sino el camino a la opulencia de algunos.
Una novela excelente.


Me gustan los libros de Posteguillo, pero se me hacen largos. En lo que estoy de acuerdo contigo es en que las similitudes con la situación actual son excesivas. No obstante, prefiero las novelas que denuncian las corruptelas en el presente.
Son largos. E in crescendo además en este ciclo narrativo 😂. Pero me encanta. Esto entiendo que ya es cosa mía personal, pero me enseña Historia y me divierte.