Por qué leer La tempestad de Juan Manuel de Prada

4.2
(9)

La Tempestad, de Juan Manuel de Prada. Editorial Planeta 326 páginas.

Primera edición de 1997.

Premio Planeta 1997.

Puede conseguirse en Amazon —enlace aquí a una edición más reciente. Justo para la mía, lo puedes conseguir en este otro enlace.

Encontré esta novela en una librería de lance de Bilbao. Su ajado lomo rojo —ya rosa, por tomar el sol sin protección— casi la hace huir de mi olfato cazador. Su irisado inmaculado en la portada y contraportada en contraste con el rojo y blanco lavado del lomo me hace adivinar que alguien lo tuvo en la estantería sin hacerle caso hasta que se decidió a venderlo a una librería de viejo. No importa, no es una tara, sino una avanzadilla ilustrativa de lo que me encontraré dentro: una trama que gira alrededor de restauradores y falsificadores donde la degradación del color con los años se visualiza en sus labores cotidianas.

Al abrirlo, me encuentro con una encuadernación inmaculada. Hasta cruje al mínimo ángulo como esas puertas desvencijadas de las casonas abandonadas de las historias de terror clásicas. Genial, alguien no supo quererte en su momento. Bienvenido a casa.

Por qué leer La tempestad de Juan Manuel de Prada

Reseña: La tempestad, de Juan Manuel de Prada

«Después de casi cinco años dilapidados en el estudio de Giorgione, había querido visitar Venecia, para corroborar que la búsqueda de un significado había merecido la pena».

La tempestad. Juan Manuel de Prada. 1997

La tempestad cuenta la historia de Alejandro Ballesteros, un profesor de arte que trabaja en su tesis doctoral, basada en el cuadro cuyo nombre da título a esta obra, La tempestad de Giorgione, una pintura que data de 1508 y que es motivo de acalorados debates entre estudiosos que tratan de leer algún significado oculto en ella, siempre convencido el ilustrado de turno de que su visión es la más acertada. Ballesteros viaja a Venecia para verse cara a cara con su propia tesis, o mejor dicho, con la obra que da sentido a su trabajo. Aquí se sitúa el comienzo de la historia.

Llega Alejandro a la ciudad acanalada en invierno. La encuentra nevada, fría y aterradora. Esas sensaciones se harán más sabrosas a medida que, desde la ventana de su habitación en la posada, ve como asesinan a un desconocido. Como testigo del crimen, tiene que prestar declaración en la comisaría ante un inspector misántropo y amenazante. Allí le informan de que el fallecido es Fabio Valenzin, un conocido falsario y comerciante de obras de arte robadas. La condición de profesor de arte del protagonista, hará sospechar a la policía de su relación directa con los hechos. Alejandro se acogerá entonces a la protección de Gilberto Gabetti, conservador de la Galería de la Academia en Venecia y máximo experto en la obra objeto de su estudio. Alejandro, que se nos muestra indigente en lances amorosos —y carnales muy específicamente—, aparece embobado con casi cada mujer que le pasa por delante hasta que conoce a Chiara, la hija de Gabetti con la que se rinde a una adoración de cariz efebo. Ante las mujeres, se nos presenta un personaje pazguato y eréctil a la mínima contemplación, circunstancia de la que, sin embargo, es consciente:

«mi barriga era casi tan fofa y fluctuante como mi experiencia vital».

La trama va avanzando entre intereses cruzados. Las mujeres que intervienen en la historia, siempre son fatales, capaces de seducciones espurias sobre los hombres para llevarlos por la senda de sus intereses. Solo Chiara tiene un trasfondo más complejo y humano. De todos estos personajes se servirá de Prada para conducirnos por la historia a bordo de una prosa riquísima en recursos literarios: ¿quién mató a Fabio Valenzin? ¿Qué relación le une a Chiara? ¿Qué hay detrás de la relación de Chiara y Gilberto, su padre adoptivo? ¿Qué ronda esa extraña obsesión de Gabetti por el cuadro?

Una obra llena de personajes contradictorios. Así son las personas reales. Este zamorano de Baracaldo consigue que cada personaje sea un cuadro de bifrontismo que solo da una faz, si me permiten esa cita musical.

Venecia es el escenario y un personaje más. Así se infiere de las constantes personificaciones que el autor le confiere: unas veces es una familia endogámica que se rige por sus propias normas, siempre ajenas y extrañas al funcionar del resto del mundo, otras —la mayor parte— una ciudad sin ley o peor, con sus propios códigos. Venecia se muestra siempre amenazada de muerte, esa que habrá de venirle por el hundimiento final, como una Heracleion en versión italiana, con palacios, iglesias, torres y pináculos. Una Atlántida para el mañana. Vemos una Venecia decadente, alejada del paraíso renacentista de las guías de turoperadores. De Prada quiere desnudar la Venecia real, la que queda cuando acaba la temporada de cruceros, y no sale bien parada la bellísima ciudad italiana que, a ojos del protagonista y narrador, es un navío derrelicto y un delirio arquitectónico:

«La plaza de San Marcos, invadida por las inmundicias que la marea arrastraba, tenía ese aire expoliado y mustio de los salones de baile a la conclusión de una juerga con invitados que se han emborrachado hasta el vómito y han sembrado el suelo de vidrios rotos».

La tempestad. Juan Manuel de Prada. 1997

Uso frecuente de la ironía. Es un libro que es realmente divertido sin ser —ni pretenderlo— una parodia. La prosa, como mencioné antes, es riquísima en giros expresivos, un catálogo de recursos literarios de lo más completo que puedes leer. Da gusto leerlo. Solo me queda el runrún interior, como siempre que leo una obra de expresión tan elaborada, cuando ésta se posa sobre los labios de los personajes a través del entramado de los diálogos.

La gente común, ¿hablaría así? ¿Conlleva esa circunstancia un tributo de credibilidad perdida al personaje? ¿Merece la pena hacer ese artificio en el diálogo a cambio del embellecimiento final de la obra?

Dice una posadera de vida disoluta y desordenada:

«Se acercó a mí y apoyó el cañón de la pistola en mi frente, justo en el entrecejo. Escuché su respiración acezante, quise suplicar y caer de rodillas, quise gemir e implorar su perdón, pero sólo pude llorar sin sollozos, llorar y sacudir la cabeza a derecha e izquierda, hasta borrar el contacto del metal sobre mi piel. Apartó el cañón de la pistola quizá en ese momento se sintió magnánimo, y me escrutó desde detrás de la máscara, hasta que por fin entendió que yo tampoco conocía el paradero de la maleta. Todavía me parece escuchar su resuello.»

La tempestad. Juan Manuel de Prada. 1997

¿Acezante? ¿magnánimo? ¿Me escrutó? ¿Su resuello? No parece verosímil, pero qué más da cuando se lee con delectación.

Las críticas en este libro no son veladas sino valientes. El retrato del inframundo académico es genial. Concretamente el del submundo de la universidad, de los departamentos y los directores de tesis, tan conspicuos a la luz como inmorales a la sombra. Se muestra muy bien, a través del personaje principal, el servilismo académico que deben soportar los postulantes a una plaza en el selecto mundo de los profesores de universidad por conducto doctoral. Alejandro Ballesteros lleva cinco años tragando el peor trato a manos de su superior, siendo una circunstancia que le atormenta y que descansa sobre su personalidad pusilánime y falta de carácter de la que, por cierto, el protagonista es perfectamente consciente.

Destaco la descripción de la mafia de las falsificaciones artísticas. Ante la comisión de un delito de estas características, se nos hace caer en la cuenta de que, para enjuiciar al delincuente, se necesitarían —como en cualquier otro caso— testigos que sustentaran la acusación contra el falsificador. Esos testigos, víctimas aparentes de sus falsificaciones, serían familias adineradas, grandes fortunas, museos, instituciones culturales o públicas, etc. Jamás reconocerían haber comprado una falsificación porque reconocer el timo —además de hacerles quedar como cándidos y bisoños— daría al traste con su inversión. Lo explica magistralmente de Prada con este párrafo puesto en boca de Nicolussi, el personaje que encarna al policía a cargo de la investigación:

«Las falsificaciones, en arte, son como las cotizaciones en bolsa: mientras dura la conspiración de silencio, la cotización se mantiene al alza; existen demasiados intereses entrelazados como para que esa conspiración se disuelva.»

La tempestad. Juan Manuel de Prada. 1997

Un libro envidiablemente bien escrito. Para paladear frase a frase. Prosa, sí, pero de un lirismo alambicado que casi saca cornucopias a cada palabra. Una lectura con la que sientes cómo se ensanchan las paredes del receptáculo mental donde guardamos nuestro registro léxico. Un texto, ya con voz propia, la de un precoz ganador del premio Planeta que parecía haberla encontrado ya en Coños, su ópera prima de la que pronto tendremos reseña en el blog.

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Alvaro

Con el tiempo y el acúmulo nuevas lecturas, se va olvidando lo que vamos leyendo. Me parece que escribir sobre ello me ayudará a recordar mejor cada pequeña o gran historia que lea. Si de paso las pongo en común contigo y te puedo animar a leer o no un libro, me parece más útil que unas notas guardadas en un cajón como un ermitaño de tinta. De qué va y qué me ha parecido, sin más vuelo ni pretensiones. No son reseñas de entendido, sino de lector a lector.

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